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SOY LEYENDA
Richard Matheson

 
1
 
En aquellos días nublados, Robert Neville no sabía con certeza cuándo se pondría el
sol, y a veces ellos ya ocupaban las calles antes de que él regresara. Durante toda su
vida, la hora del crepúsculo estaba relacionada con el aspecto del cielo, y por lo general,
prefería no alejarse demasiado.
Paseaba alrededor de la casa, bajo una luz grisácea y débil, con un cigarrillo en la boca
y un hilo de humo por encima del hombro. Comprobó que las ventanas no tuvieran alguna
madera suelta. Los ataques más violentos dejaban tablones rotos o medio arrancados, y
debía remendarlos. Odiaba esta tarea. Hoy afortunadamente, sólo faltaba un tablón.
Cuando estuvo en el patio revisó el invernadero y el depósito de agua. A veces los
hierros que cubrían el depósito se aflojaban y las cañerías estaban retorcidas o rotas. A
veces, en el invernadero, las piedras que arrojaban por encima del muro agujereaban los
cristales y había que cambiarlos.
Pero el depósito y el invernadero estaban intactos en esta ocasión.
Regresó a la casa. Cuando abrió la puerta de calle apareció en el espejo una imagen
de sí mismo absolutamente distorsionada. Hacía un mes que había colgado allí aquel
espejo agrietado. Al cabo de pocos días, algunos trozos caían en el porche. Puede caer
entero, pensó. No tenía idea de colgar allí otro maldito espejo; no valía la pena. En
cambio, había puesto algunas cabezas de ajo. Darían mejor resultado.
Cruzó lentamente la sala, sumida en el más absoluto silencio, dobló por el oscuro
pasillo de la izquierda, y entró en el dormitorio.
En otro tiempo, la habitación había estado abarrotada de adornos, pero ahora todo era
completamente funcional. Como la cama y el escritorio ocupaban muy poco espacio,
había convertido una pared en almacén.
En el estante se podía encontrar un serrucho, un torno y una piedra de esmeril. Y en la
pared, un muestrario completo de herramientas.
Neville cogió el martillo y encontró, en medio del desorden de una caja, unos cuantos
clavos. Volvió a salir, y clavó rápidamente el tablón que se había estropeado, arrojando
los clavos restantes en la derrumbada puerta próxima.
Permaneció allí durante un rato, de pie en el jardín, contemplando la calle larga y
silenciosa. Era un hombre alto, tenía treinta y seis años y su ascendencia era inglesa y
alemana. En su rostro, nada llamaba especialmente la atención, excepto la boca, ancha y
firme, y los brillantes ojos azules, que observaban ahora las ruinas de las casas vecinas.
Las había quemado para evitar que se acercaran por los tejados.
Pasados algunos minutos, respiró hondo y volvió a entrar. Arrojó el martillo sobre el
sofá de la entrada, encendió otro cigarrillo y tomó la copa de la media mañana.
Poco después entró en la cocina de mala gana. Debía deshacerse de la basura
acumulada en el vertedero. Debía también quemar los platos y vasos de papel, y quitar el
polvo a los muebles, y lavar el fregadero y la bañera, y cambiar las sábanas y la funda de
la almohada. Pero vivía solo, y esas cosas podían esperar.
A mediodía, Neville estaba en el invernadero recogiendo cabezas de ajo.
Al principio su estómago no podía soportar el olor de ajo. Ahora lo tenía impregnado en
las ropas, y a veces pensaba que hasta en la piel, y casi no lo notaba.
Cuando le pareció que tenía suficientes volvió a casa y los colocó en el vertedero.
Accionó el interruptor de la pared. La luz vaciló unos instantes antes de brillar
normalmente. Neville dejó escapar un chasquido de disgusto entre las mandíbulas
apretadas. Otra vez el generador. Tendría que repasar el maldito manual y comprobar los
cables. Y si la reparación era demasiado complicada, debería comprar un nuevo
generador.
Se sentó, malhumorado, en un taburete junto al vertedero y sacó un cuchillo. Primero,
fue separando los pequeños dientes rosados entre sí, luego los cortó por la mitad. El acre
y penetrante olor inundó la cocina. Puso en funcionamiento el acondicionador de aire y la
atmósfera quedó bastante limpia.
Luego, con un punzón, practicó un agujero en cada mitad de diente y las atravesó con
un alambre hasta formar unos veinticinco collares.
En un principio colgaba estos collares en los cristales, pero la pedrea le había obligado
a tapar todos los cristales con madera terciada. Finalmente había sustituido estas
maderas por tablones, con lo que la casa se había convertido en un lúgubre sepulcro;
pero había puesto fin a aquella lluvia de piedras y vidrios rotos que entraba todas las
noches en las habitaciones. Y una vez instalados los tres acondicionadores de aire, se
pudo respirar mejor. Un hombre puede acostumbrarse a todo.
Cuando tuvo terminados los collares, salió y los clavó en los tablones de las ventanas,
y retiró luego los viejos porque ya habían perdido casi todo el olor.
Realizaba este trabajo dos veces por semana. No había otra forma de defenderse
mejor que ésta, por el momento.
¿Defenderse?, pensaba a menudo. ¿Para qué?
Durante la tarde pasó el rato haciendo estacas.
Con la ayuda del torno reducía los tarugos de madera a estacas de veinte centímetros.
Luego les afilaba la punta en la piedra de esmeril.
Era un trabajo agobiante y monótono, y el aserrín flotaba en el aire con su tibio olor y le
penetraba los poros y los pulmones, y le provocaba la tos.
Pero las estacas nunca alcanzaban, independientemente de las que hiciese. Y los
tarugos escaseaban cada vez más. Pronto tendría que usar tablas. Pensó, irritado, que
eso sería el colmo.
Todo era demasiado deprimente y debía pensar en cambiarlo. ¿Pero cómo, si no podía
dedicar ni un minuto a pensar?
Mientras torneaba, el altavoz del dormitorio dejaba llegar el sonido de la Tercera, la
Séptima y la Novena de Beethoven. Con la música llenaba el terrible vacío del tiempo.
A partir de las cuatro de la tarde empezó a contemplar el reloj de pared. Trabajaba en
silencio, con los labios apretando el cigarrillo, los ojos clavados en el taladro que mordía la
madera sembrando el suelo de un polvo blanquecino.
Las cuatro y cuarto. Las cuatro y media. Las cinco menos cuarto.
Sólo faltaba una hora y los asquerosos bastardos rodearían la casa. Tan pronto como
se pusiera el sol, aparecerían.
Se detuvo ante la enorme nevera para elegir su cena. Los ojos indecisos se pasearon
por las carnes, los vegetales congelados, los panes y los pasteles, las frutas y cremas.
Sacó al fin dos costillas de cordero, unos guisantes y una botella de zumo de naranja.
Luego, empujó la puerta con el codo para cerrarla y se acercó a las latas de conserva que
se apilaban hasta el techo. Tomó una de jugo de tomate y salió de la habitación. En otro
tiempo Kathy dormía allí. Ahora era el refugio de su estómago.
Cruzó la sala. El mural que tapizaba la pared del fondo mostraba un acantilado, con un
hermoso océano verde y azul. Las olas se rompían contra unas rocas negras. Muy arriba,
en el cielo azul, las gaviotas estaban suspendidas en el aire, y a la derecha un árbol
torcido colgaba sobre el abismo y las ramas oscuras quedaban recortadas contra el cielo.
Neville entró en la cocina y dejó caer los alimentos sobre la mesa, con los ojos fijos en
el reloj. Las seis menos veinte. Faltaba poco.
Puso un poco de agua en una olla y esperó a que hirviera. Luego quitó el hielo a la
carne y la colocó en la parrilla. Cuando el agua estuvo a punto, metió los guisantes en la
olla. El mal funcionamiento del generador, sin duda, era debido a la cocina eléctrica.
En la mesa cortó dos rebanadas de pan y se sirvió un vaso de jugo de tomate. Se
quedó mirando el segundero que giraba lentamente en la esfera del reloj.
Después de beber el jugo de tomate fue hasta la puerta y salió al porche. Dio unos
pasos más, atravesó el césped y llegó a la acera.
El cielo se estaba ennegreciendo y soplaba un frío viento. Miró a lo largo de la calle.
Llegarían de un momento a otro.
Oh, en realidad, no eran peores que aquellas malditas tormentas de arena. Se encogió
de hombros, atravesó el jardín y volvió a entrar en la casa. Cerró la puerta con llave y
colocó la tranca en su lugar correspondiente. Regresó a la cocina, dio la vuelta a las
costillas de cordero y apagó la placa en donde hervían los guisantes.
Estaba sirviéndose la cena cuando se detuvo para mirar el reloj. Hoy habían llegado a
las seis y veinticinco. Ben Cortman gritaba:
—¡Sal, Neville!
Neville se sentó y empezó a comer, suspirando.
Después de cenar, en la sala, trató de leer. Se había preparado un whisky con soda y
lo tenía en la mano mientras hojeaba un texto de fisiología. Del altavoz instalado en la
puerta del vestíbulo le llegaba a gran volumen una obra de Shoenberg.
No suena bastante alto, pensó. Los oía aún afuera. Oía sus murmullos y sus pasos,
sus gritos, sus gruñidos y sus peleas. De vez en cuando una piedra o un ladrillo
golpeaban la casa. A veces ladraba un perro.
Y todos se reunían allí para lo mismo.
Cerró los ojos por un instante. Luego encendió un cigarrillo con resignación y dejó que
el humo le llenara los pulmones.
Si tuviese tiempo aislaría la casa y evitaría los ruidos. Todo sería mejor si no tuviera
que escucharlos. Aún después de seis meses le destrozaban los nervios.
Ya ni siquiera los miraba. Al principio había abierto una mirilla en la puerta para
espiarlos. Pero un día las mujeres se dieron cuenta y le incitaban a salir de la casa con
ademanes obscenos.
Dejó el libro y clavó los ojos en la alfombra, escuchando la música de Verklärte Nacht.
Podía ponerse tapones en los oídos y no oiría los ruidos de la calle; pero entonces
tampoco oiría la música, y no quería quedarse encerrado en un caparazón.
Volvió a cerrar los ojos. La presencia de las mujeres complicaba las cosas, pensó; las
mujeres, como muñecas lascivas en la noche. Esperaban provocarle y que se decidiera a
salir.
Se estremeció. Todas las noches sucedía lo mismo: empezaba a leer y a escuchar
música. Luego pensaba en aislar la casa, y finalmente pensaba en las mujeres.
De nuevo aquel calor insoportable en las entrañas. Conocía muy bien aquella
sensación y le enfurecía no poder dominarla. El calor era cada vez más fuerte, hasta que
tenía que incorporarse y pasearse por la sala con los puños apretados. Entonces
encendía el proyector y veía una película, o comía mucho, o bebía mucho, o aumentaba
el volumen de la música hasta lastimarse los oídos.
Sintió que el estómago se le retorcía como un alambre. Recogió el libro e intentó leer,
concentrándose en cada palabra.
Pero un segundo después el libro estaba otra vez sobre sus rodillas. Miró hacia la
biblioteca. Aquella sabiduría no calmaría nunca su fuego; siglos y siglos de palabras no
podían satisfacer aquel deseo imperativo e irracional.
Se sintió enfermo, humillado. Se le habían terminado todas las posibilidades. Lo habían
obligado al celibato, y debía asumirlo.
Extendió la mano, aumentó el volumen de la música y trató de leer una página entera
sin detenerse. Leyó algo sobre corpúsculos sanguíneos que atraviesan membranas, y
pálidas linfas y nódulos linfáticos, y linfocitos y fagocitos...
...para terminar en el hombro izquierdo, cerca del tórax, en una de las venas largas del
sistema circulatorio...
Cerró el libro de un golpe.
¿Por qué no le dejaban tranquilo? ¿Creían que sería de todos? ¿Eran tan estúpidos?
¿Por qué venían todas las noches? Después de cinco meses podían haber desistido y
probar suerte en otro lugar.
Fue hasta el bar y se sirvió otra copa. Mientras volvía a su sitio oyó que unas piedras
rodaban por el tejado y caían entre los arbustos del fondo de la casa. Además del ruido de
las piedras, se oían los acostumbrados gritos de Ben Cortman:
—¡Sal, Neville!
Algún día agarraré a ese bastardo, pensó mientras bebía de un sorbo el amargo
líquido. Algún día lo encontraré y le clavaré una estaca, justo en el centro de su maldito
pecho.
Mañana. Mañana aislaría la casa. No quería pensar más en las mujeres. Si la aislaba
quizá dejaría de pensar en ellas.
La música cesó y Neville sacó los discos del plato y los guardó en sus fundas. Ahora
los sonidos de la calle le llegaban claramente. Cogió un disco cualquiera, lo puso en el
tocadiscos y elevó el volumen.
El año de la plaga, de Roger Leie, le llenó los oídos. Los violines chirriaban y gemían;
los tambores sonaron como los latidos de un corazón agonizante; las flautas tocaron una
extraña melodía átona.
Sacó, furioso, el disco, y lo rompió en su rodilla derecha. Hacía tiempo que deseaba
hacerlo. Caminó luego rígidamente hasta la cocina y echó los pedazos al cubo de basura.
Allí permaneció un rato, en la oscuridad, con los ojos cerrados y apretando los dientes,
tapándose los oídos con los puños. Dejadme sólo, dejadme solo, ¡dejadme solo!
Era inútil. No podía vencerlos de noche. Era inútil intentarlo; la noche les pertenecía.
Estaba comportándose como un estúpido. Haría mejor mirando una película, pero no, no
tenía ganas de instalar el proyector. Se iría en seguida a la cama con tapones en los
oídos. Al fin y al cabo, así terminaban todas sus noches.
Rápidamente, tratando de no pensar en nada, entró en el dormitorio y se desnudó. Se
puso los pantalones del pijama y fue al cuarto de baño. Nunca usaba chaqueta para
dormir. Se había acostumbrado en Panamá, durante la guerra.
Se miró en el espejo mientras se lavaba. Contempló el pecho ancho y velludo y el
tatuaje que le habían hecho en Panamá, una noche. durante una borrachera. Qué
estúpido era en esa época, pensó. Bueno, quizá aquella cruz adornada le había dado
suerte.
Se cepilló los dientes cuidadosamente. Ahora era su propio dentista. Muchas cosas
podían irse al diablo, pero su salud era muy importante. ¿Por qué no dejo también el
alcohol?, pensó, ¿Por qué no acabo con aquel infierno?
Antes de irse a la cama recorrió la casa, apagando luces. Contempló el mural durante
unos minutos y trató de pensar que era realmente el océano. ¿Pero cómo podría
concentrarse con todos aquellos chillidos y gritos nocturnos?
Apagó la luz de la sala y entró en el dormitorio.
Una mueca de disgusto se dibujó en su cara. El aserrín cubría las sábanas. Lo sacudió
con la mano pensando que debía separar el almacén del dormitorio. Sería mejor hacer
esto, sería mejor hacer aquello, pensó cansadamente. Había tanto que hacer. Nunca
resolvería el verdadero problema.
Se puso los tapones en los oídos y se hundió en el silencio. Apagó la luz y se deslizó
entre las sábanas. Eran poco más de las diez. Qué más da, pensó, me levantaré más
temprano.
Tendido en la cama, aspiró profundamente en la oscuridad, esperando que le viniera el
sueño. Pero el silencio no era una gran ayuda. Aún los tenía grabados; hombres de caras
blancas que se arrastraban por la calle, buscando incesantemente cómo llegar a él.
Algunos, quizá en cuclillas, acechando como perros, chirriaban los dientes y se
balanceaban hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás.
Y las mujeres... ¿Pero iba a pensar otra vez en ellas? Se acostó boca abajo profiriendo
una maldición y apretó la cabeza contra la almohada. Así se quedó durante un rato,
respirando pesadamente, retorciéndose.
Todas las noches pronunciaba mentalmente el mismo deseo: ¡Que llegue la mañana.
Dios, haz que llegue la mañana!
Soñó con Virginia y gritó durante el sueño y los dedos se le clavaron en la colcha como
garras.
 
2
 
El despertador sonó a las cinco y media. Neville estiró el brazo entumecido y lo paró.
Buscó los cigarrillos, encendió uno, y se sentó a fumar en la cama. Al cabo de un rato
se levantó, cruzó la sala y espió por la mirilla.
Afuera, en el césped, las oscuras figuras se alzaban como guardianes. Mientras miraba
algunas empezaron a alejarse, y se oían murmullos de descontento. Otra noche llegaba a
su fin.
Volvió al dormitorio, encendió la luz y empezó a vestirse. Mientras se ponía la camisa
oyó el grito de Ben Cortman:
—¡Sal, Neville!
Y eso fue todo. En seguida se alejarían, más débiles que antes. Quizá se habían
atacado entre ellos, lo que ocurría a menudo. Nada los unía. Obedecían sólo a una
necesidad.
Una vez vestido, Neville se sentó en la cama y escribió la lista de los recados del día:
Torno en Sears.
Agua.
Generador.
Madera (?).
Rutina.
Terminó rápidamente el desayuno: un vaso de zumo de naranja, una tostada y dos
tazas de café. No podía acostumbrarse a comer con tranquilidad.
Arrojó el vaso y el plato de papel en el cubo de basura y se cepilló los dientes.
Conservaba ese hábito, y eso le consoló.
Cuando llegó a la puerta, alzó los ojos. El cielo estaba claro, casi sin nubes. Hoy podía
salir. Fantástico.
En el suelo del porche tropezó con algunos pedazos del espejo. Bueno, seguía
rompiéndose. Lo limpiaría luego.
Había un cuerpo sin vida en la acera y otro entre las ruinas de la casa vecina. Ambas
eran mujeres. Eran casi siempre mujeres las víctimas.
Abrió la puerta del garaje y sacó marcha atrás su furgoneta Willys. Bajó luego y abrió la
puerta trasera. Se puso unos gruesos guantes y se acercó a la mujer de la acera.
Mientras arrastraba los cuerpos por el césped y los arrojaba a la lona pensó que a la
luz del día no eran en absoluto atractivas. No había ni una gota en ellas; tenían el color
del pescado. Cerró la caja.
Recorrió el jardín recogiendo en un saco todos los ladrillos y piedras que le habían
arrojado. Lo llevó al coche y se quitó los guantes. Luego entró de nuevo en la casa, se
lavó las manos y preparó unos bizcochos y un termo de café caliente.
Entró en el dormitorio y recogió el haz de estacas. Se lo cargó al hombro, cogió un
martillo de la pared y volvió a salir.
Esa mañana no trataría de encontrar a Ben Cortman. Había otras cosas que hacer.
Durante un instante recordó su intención de aislar la casa. Bueno, al diablo con eso. Lo
haría otro día, quizá algún día que estuviera nublado.
Se metió en la camioneta y releyó su lista. El torno era imprescindible. Pero antes
debía librarse de los cuerpos.
Puso el motor en marcha y retrocedió rápidamente hacia el bulevar Compton. Desde
allí se dirigió al este. Las casas se alzaban a ambos lados de la calle, silenciosas y
vacías; los coches estaban aparcados a lo largo de las aceras.
Bajó la vista un momento y examinó el indicador del combustible. Aún quedaba medio
depósito, pero sería bueno detenerse en la avenida Western y llenarlo. Por el momento,
no había motivo para utilizar la gasolina almacenada en el garaje.
Entró en la callada gasolinera. Acercó un bidón y con la manguera comenzó a llenar el
depósito hasta que éste desbordó y el líquido se desparramó por el cemento.
Revisó el aceite, el agua, la batería y los neumáticos. Todo estaba en orden. Así
sucedía casi siempre, porque lo cuidaba mucho. Si se le estropeara alguna vez y no
pudiese regresar antes del crepúsculo...
Bueno, no había motivo para preocuparse. Si eso ocurriera, sería el fin.
Continuó por el bulevar Compton hasta dejar atrás la gasolinera y las otras calles
muertas. No se veía a nadie.
Pero Neville sabía dónde estaban.
El fuego aún ardía. Cuando estuvo más cerca se puso los guantes y la máscara de gas
y se quedó mirando la oscura columna de humo que oscilaba sobre la tierra. Todo el
campo, desde junio de 1975, era un gran pozo.
Detuvo el coche y bajó rápidamente de un salto, ansioso por terminar cuanto antes.
Abrió la puerta trasera, tiró de uno de los cuerpos y lo arrastró hasta el borde del pozo. Allí
lo levantó y le dio un empujón.
El cuerpo bajó rodando hasta el fondo ceniciento y humeante.
Regresó a la furgoneta jadeando, a pesar de la máscara de gas.
Empujó el otro cuerpo al pozo y tiró el saco de ladrillos y piedras, y se alejó de allí a
toda prisa.
Cuando se hubo alejado un kilómetro, se sacó la máscara y los guantes y los echó
atrás. Abrió la ventanilla y se puso a respirar a bocanadas el aire frío. Sacó un frasco de la
guantera y tomó un largo trago de whisky. Luego encendió un cigarrillo y aspiró
profundamente el humo. En ocasiones, debía ir todos los días al pozo, durante varias
semanas, y siempre se sentía enfermo.
En algún lugar, allá abajo, estaba Kathy.
Camino de Inglewood se detuvo en un mercado en busca de agua mineral.
Cuando entró en el silencioso almacén sintió de pronto el fétido olor de los alimentos
putrefactos. Empujó rápidamente el carrito a lo largo de los silenciosos y polvorientos
almacenes.
Por fin encontró las botellas de agua. En el fondo, una puerta se abría a unos pocos
escalones. Metió las botellas en el carrito y subió. El propietario del mercado debería estar
en el piso de arriba.
Eran dos. En el vestíbulo, recostada en un sofá, había una mujer de unos treinta años,
enfundada en una bata roja. Respiraba lentamente, tenía los ojos cerrados y las manos
cruzadas sobre el estómago.
Neville buscó el martillo y la estaca. Siempre era difícil clavársela cuando estaban
vivos, especialmente a las mujeres. De nuevo sintió aquella urgencia insensata que le
endurecía los músculos.
La mujer no profirió sonido alguno, excepto un ronco estertor. Mientras entraba en la
alcoba, Neville oyó algo similar a un ruido de agua. Bueno, ¿qué otra cosa podía
hacerse?, se preguntó. No sabía aún si se habría equivocado.
Se detuvo en la entrada de la habitación, mirando fijamente la cama, con el pecho
agitado y respirando con dificultad. Luego, obedeciendo a un impulso, se acercó y miró a
la niña.
¿Por qué todas me recuerdan a Kathy?, pensó, sacando la segunda estaca con manos
temblorosas.
Siguió su camino, y mientras se acercaba lentamente a Sears trató de olvidar,
pensando en el efecto de las estacas.
Cruzó, preocupado, la desierta avenida. Sólo se oía el apagado gruñido de su motor.
Parecía increíble que ahora, después de cinco meses, comenzara a preocuparse.
¿Y cómo sabía que siempre acertaba en el corazón? Tenía que ser en el corazón, lo
había dicho el doctor Busch. Sin embargo, él, Neville, no tenía conocimientos de
anatomía.
Frunció el ceño. Era irritante haber actuado en todo ese odioso proceso sin haber
titubeado una sola vez.
Sacudió la cabeza. Debo pensar detenidamente en todo esto, ordenar las preguntas
antes de respondérmelas. Hay que hacer las cosas de un modo científico.
Sí, sí, sí, pensó, sombras del viejo Fritz. Neville estaba en desacuerdo con su padre, y
había luchado contra su pensamiento mecánico y lógico. El viejo Fritz había muerto
negando violentamente la existencia de los vampiros, hasta el último instante.
Encontró el torno en Sears. Lo cargó en la furgoneta y luego registró el edificio.
Vio a cinco en el sótano, escondidos en oscuros lugares, y halló uno en una nevera.
Cuando vio al hombre metido allí, en ese ataúd de porcelana, no pudo contener la risa.
Más tarde se dio cuenta de que sólo un mundo sin humor justificaba esa risa.
Hacia las dos se detuvo y almorzó. Todo parecía tener sabor a ajo.
Era sorprendente el efecto del ajo. El olor debía alejarlos, ¿pero por qué?
Había muchos puntos oscuros: que no salieran de día, que no soportaran el ajo, que
los mataran definitivamente las estacas, que temieran las cruces y que evitaran los
espejos.
Según la leyenda, eran invisibles en los espejos o se transformaban en murciélagos.
Pero la ciencia y la realidad habían logrado vencer aquellas supersticiones. Asimismo, era
disparatado creer que se transformaban en lobos. Sin duda alguna, existían perros
vampiros; los había visto y oído fuera de la casa, de noche. Pero sólo eran perros.
Neville apretó los labios. Olvídalos, se dijo a sí mismo; no estás preparado aún. Algún
día podrás entender todo esto, pero ahora no. Hay cuestiones más urgentes que resolver.
Después del almuerzo, fue de casa en casa y utilizó todas las estacas. Cuarenta y
siete.
 
3
 
«La fuerza del vampiro reside en que nadie cree en él».
Gracias, doctor Van Helsing, pensó Neville dejando a un lado su ejemplar de Drácula.
Se quedó con los ojos fijos en la biblioteca, escuchando el segundo concierto para piano
de Brahms, con un vaso de whisky en la mano derecha y un cigarrillo en la izquierda.
En efecto. El libro era un compendio de supersticiones y convencionalismos simples
pero esa línea decía la verdad. Nadie había creído en ellos, ¿y cómo se podían luchar
contra algo inverosímil?
Así había sido. Algo oscuro y nocturno se había cruzado en las sombras medievales.
Algo imposible e inconsistente, algo que sólo existía en hechos e ideas, en las páginas de
la literatura fantástica. Los vampiros pertenecían a otra época, como los idilios de
Summers o los melodramas de Stoker. Eran apenas unas líneas en la Enciclopedia
Británica o quizás material para escritores o películas de mediana calidad. Una débil
leyenda que se había transmitido de siglo en siglo.
Bueno, pues ahora era cierto.
Tomó un sorbo de whisky y cerró los ojos, dejando bajar el líquido helado por la
garganta hasta calentarle el estómago. Era cierto, pensó, pero nadie había podido
averiguarlo. Oh, sabían que existía algo, pero de ninguna manera podía ser eso. Eso era
algo imaginario, una mera superstición, no había nada semejante en la vida real.
Y antes de que la ciencia hubiese destruido la leyenda, la leyenda devoraría la ciencia
y todo lo demás.
Ese día no había buscado madera. No había revisado el generador. No había recogido
los trozos de espejo rotos. Ni siquiera había cenado; no tenía apetito. Sucedía a menudo.
No podía hacer aquello y comer luego despreocupadamente. Ni aún después de cinco
meses.
Pensó en los niños que había visto aquella tarde y apuró su bebida.
Parpadeó y las paredes de la habitación bailaron un poco ante él. Te estás
emborrachando, hombre, se dijo a sí mismo. ¿Y qué importa?, replicó. ¿Tenía alguien
más derecho?
Lanzó el libro al otro extremo del cuarto. Adiós, Van Helsing, y Mina, y Jonathan, y tú,
conde de ojos sanguinolentos. Ficciones, extrapolaciones estúpidas de un tema sombrío.
Tosió atragantándose. Afuera, Ben Cortman lo invitaba a salir una noche más. Espera
ahí, Benny, no te vayas, pensó. Espera a que me ponga el smoking.
Espera, Benny. Bueno, ¿por qué no?, se preguntaba. ¿Por qué no salir ahora? Sólo así
podría librarse definitivamente de ellos.
Convirtiéndose en uno de ellos.
Se rió entre dientes. Era muy simple. Se incorporó y se acercó tambaleándose al bar.
¿Por qué no? ¿Por qué sufrir tanto cuando con sólo abrir una puerta y bajar unos
escalones se solucionaría todo en seguida?»
Había, por supuesto, una ínfima posibilidad de que existieran otros como él en alguna
parte, intentando sobrevivir, esperando poder encontrar algún día a gentes de su especie.
¿Pero cómo podía encontrarlos si vivían a más de un día de viaje?
Encogiéndose de hombros, se llenó de nuevo el vaso con whisky. ¿Cuál era su
actividad desde hacía meses? Poner collares de ajo en las ventanas, redes en el
invernadero, quemar los cuerpos, quitar las piedras y, poco a poco, ir reduciendo aquella
multitud. ¿Por qué engañarse a sí mismo? Nunca había encontrado a nadie más.
Se dejó caer pesadamente en el sofá. Aquí estoy, comodísimo, acosado por un
regimiento de sedientos de sangre que sólo aspiran a sorber libremente la mía. Tomen un
trago, caballeros, éste es realmente por mí.
Una mueca de odio apareció en su rostro. ¡Bastardos! ¡Los mataré a todos antes que
ceder! Apretó con fuerza la mano derecha y el vaso estalló en pedazos.
Bajó los ojos y miró turbiamente los cristales en el suelo, el resto todavía seguía en su
mano, y la sangre diluida en whisky goteaba lentamente.
¿Les gustaría verla?, se preguntó. Se incorporó, furioso, de un salto, y casi abrió la
puerta. Sería bueno frotarles la cara con la mano y oírlos aullar.
Cerró en seguida los ojos, sacudiéndose. Contrólate, amigo, pensó. Ve a vendarte esa
condenada mano.
Entró en el cuarto de baño dando un traspiés y se lavó cuidadosamente la mano,
estremeciéndose cuando la tintura de yodo entraba en la herida. Se vendó luego
torpemente. Respiraba con dificultad y el sudor le bañaba la frente. Deseaba un cigarrillo.
Volvió a la sala, cambió Brahms por Bernstein y encendió un cigarrillo. ¿Qué haré si un
día me faltan los clavos para los ataúdes?, se preguntó observando la lenta columna de
humo azul. Bueno, sería difícil que eso ocurriera. Tenía mil cajas en el armario de Kathy...
En la despensa, se corrigió, la despensa, la despensa.
El cuarto de Kathy.
Miró con ojos apagados el mural mientras La edad de la ansiedad le invadía los oídos.
Edad de la ansiedad, meditó. Te creías ansioso, Lenny. Lenny y Benny, ustedes dos
debían conocerse. Compositor, le presento al cadáver. Mamá, cuando sea mayor quiero
ser un vampiro como papá. Oh, querido mío, Dios te bendiga, claro que llegarás a serlo.
El whisky gorgoteó en el vaso. Hizo una mueca de dolor y cambió de mano la botella.
Se sentó y bebió. Apuremos el gastado filo de la sobriedad, pensó. Arrastremos la
desmenuzada visión de la realidad cuanto antes. Los odio.
El cuarto comenzó a girar sobre sí mismo y el suelo se onduló bajo la silla. Una
agradable neblina cubrió todas las cosas. Neville miró el vaso, los discos. Reposó la
cabeza primero a un lado y luego al otro. Afuera ellos rondaban, murmuraban y
esperaban a que saliera. Pobres vampiros, pensó, pobres criaturas, tan abandonadas,
paseándose frente a mi casa como gatitos sedientos.
Tuvo una idea. Alzó el meñique, que apareció tembloroso ante sus ojos.
Amigos, me acercaré a vosotros para discutir sobre los vampiros. Un representante de
la minoría siempre lo hubo.
Pero voy a esbozar concretamente las bases de mi tesis: los vampiros son víctimas de
un prejuicio.
La explicación de dicho prejuicio es ésta: Se los desprecia porque se los teme; por lo
tanto...
Neville siguió bebiendo.
Una vez, en las noches de la Edad Media, los vampiros habían sido muy poderosos y
enormemente temidos. Se los consideraba anatema, y todavía lo eran. La sociedad los
perseguía sin descanso.
¿Pero son sus necesidades más detestables que las de otros animales e incluso las de
algunos hombres? Realmente, reflexiona, ¿es tan malo el vampiro?
A fin de cuentas, sólo bebe sangre.
¿Por qué entonces ese profundo odio, esa condenación eterna? ¿Por qué el vampiro
no era libre de elegir su vivienda? ¿Por qué debía estar siempre oculto? ¿Por qué
exterminarlos? Ah, ¿te das cuenta? El desamparado inocente ha terminado
convirtiéndose en un animal perseguido. El vampiro carece de medios propios para
subsistir, no puede educarse. Se le niega el derecho del voto. No es extraño que arrastre
una existencia nocturna y depredadora.
Neville dejó escapar un gruñido. Claro, todo es cierto, pero no permitiría que mi
hermana se casase con uno de ellos.
Era un callejón sin salida, pensó, encogiéndose de hombros.
La música cesó. La aguja siguió patinando sobre los surcos negros. Neville sintió que
un frío le subía por las piernas. Eso le pasaba cuando bebía demasiado. Uno deja de
saborear las delicias de la bebida. Ya no hay consuelo en el alcohol. El derrumbe se
adelanta a la dicha. El cuarto estaba volviendo a su lugar original. Los sonidos de la calle
le aturdían de nuevo.
—¡Sal, Neville!
Se le hizo un nudo en la garganta y exhaló un ronco suspiro. Sal. Las mujeres
esperaban allí, con los vestidos abiertos o desnudas. Su piel espera mi roce, sus labios
esperan... mi sangre, ¡mi sangre!
Como si no se tratara de su propia mano, Neville se miró el puño pálido que se alzaba
lenta y temblorosamente, para caer luego sobre su pierna. El dolor le hizo aspirar el aire
enrarecido. Por todas partes se olía a ajo. En la ropa, los muebles y en la comida, y aun
en el whisky. Sírvame un poco de ajo con soda, por favor. El chiste murió rápidamente.
Se levantó y comenzó a pasearse. ¿Qué haré ahora? ¿Caeré en la rutina de todas las
noches? Leer, beber, pensar en aislar la casa, pensar en las mujeres. Las mujeres,
desnudas, anhelantes y sedientas de sangre, desplegaban ante él los cálidos cuerpos.
No, no eran cálidos.
Un quejido tembloroso le subió por el pecho y la garganta. ¿Qué esperaban aquellos
malditos? ¿Suponían que iba a sucumbir y entregarse?
Quizá estaban en lo cierto. Ya estaba levantando la tranca de la puerta. Muchachas,
humedézcanse los labios que voy ahora mismo.
Afuera, oyeron el ruido de la tranca y un alarido de anticipación llenó la noche.
Neville giró sobre sí mismo, retrocedió y golpeó con los puños la pared con tal fuerza
que agrietó el yeso y se lastimó la piel.
Después de un rato logró recuperar la calma. Puso la tranca en la puerta y se dirigió al
dormitorio. Se dejó caer en la cama, de espaldas, gimiendo. La mano izquierda golpeó
una vez, débilmente, el cabezal de la cama.
¡Dios mío!, pensó ¿hasta cuándo, hasta cuándo?
 
4
 
Neville no pensó en poner el despertador y el timbre no sonó aquella mañana. Durmió
toda la noche a pierna suelta, el cuerpo inmóvil, como forjado en hierro. Cuando por fin
abrió los ojos, eran las diez.
Se incorporó con un murmullo de disgusto, sacando las piernas fuera de la cama. Le
latían las sienes como si el cerebro quisiera salir del cráneo. Fantástico, pensó, esto es la
borrachera de anoche. No necesitaba más averiguaciones.
Se levantó, y quejándose, fue arrastrándose hasta el cuarto de baño, y se remojó la
cara y la cabeza en agua bien fría. No es suficiente, protestó, no. Me siento realmente
mal. El hombre que se reflejaba en el espejo era flaco, barbudo, y aparentaba más de
cuarenta años. Amor, tu mágico encanto alcanza a todos los hombres. Estas palabras
ininteligibles le golpearon en el cerebro como sábanas mojadas en el viento.
Cruzó lentamente el vestíbulo y desatrancó la puerta de calle. Una maldición salió de
sus labios cuando vio a otra mujer tendida en la acera. Sintió que la ira le invadía el
cuerpo, pero eso aumentó los latidos del cráneo y se controló. Estoy enfermo, pensó.
El cielo era de un gris plomizo. ¡Bien!, dijo. ¡Otro día encerrado en esta covacha! Dio un
portazo con rabia, pero en seguida se arrepintió, gimiendo. El golpe se le había metido en
el cerebro. Afuera oyó caer los últimos restos del espejo. Apretó los labios haciendo una
débil mueca.
Las dos tazas de café sólo empeoraron las cosas todavía más. Dejó la taza y regresó
al vestíbulo. Al diablo con todo, pensó. Volveré a emborracharme.
Pero el alcohol le sabía a trementina. Visiblemente contrariado, arrojó el vaso contra la
pared y se quedó contemplando cómo el líquido mojaba la alfombra. Demonios, me voy a
quedar sin vasos. La idea lo enfureció.
Se hundió en el sofá y se quedó allí sacudiendo la cabeza con suavidad. Era inútil; se
sentía vencido. Los oscuros bastardos lo habían vencido.
De nuevo le atacaba aquella inquietante sensación. Sentía como si su cuerpo se
expandiera y que la casa se contraía sobre él, y que en cualquier momento el armazón
volaría en pedazos; maderas, yeso y ladrillos. Se levantó y se dirigió rápidamente hacia la
puerta.
Se detuvo en el césped, respirando profundamente el aire húmedo, de espaldas a la
casa. Pero las otras casas no eran menos desagradables, y también las odiaba, así como
el pavimento y las aceras y los jardines y toda la calle.
Y de pronto se dio cuenta de que debía irse de allí. Estuviera nublado o no, debía salir
inmediatamente.
Cerró la puerta de la calle, sacó el candado del garaje y alzó la pesada puerta. No se
entretuvo en bajarla. Volveré pronto, pensó. Será sólo un momento.
Sacó rápidamente la furgoneta, e hizo marcha atrás hasta la calle. Dio vuelta y apretó
el acelerador, entrando en el bulevar Compton. No llevaba rumbo alguno.
Dobló la esquina a unos sesenta kilómetros por hora y antes de cruzar la próxima
bocacalle ya corría a más de noventa. El coche saltaba hacia adelante. La pierna tensa de
Neville apretaba el acelerador a fondo. Las manos eran de hielo en el volante. Por el
bulevar vacío y muerto alcanzó los ciento veinte kilómetros por hora: un impresionante
rugido quebraba aquella opresiva quietud.
La hierba del cementerio había crecido tan aprisa que ya se doblaba sobre sí misma,
crujiendo bajo los pesados zapatos de Neville. No se oía más sonido que el de sus
pisadas y el desafortunado canto de los pájaros. En un tiempo creí que cantaban porque
todo estaba bien en el mundo, reflexionó Neville. Me equivoqué. Cantan porque son
débiles mentales.
Había recorrido diez kilómetros antes de descubrir a dónde se dirigía. Era raro cómo se
lo había ocultado. En principio sólo estaba enfermo y deprimido y necesitaba salir de la
casa. No se había dado cuenta de que iba a visitar a Virginia.
Pero había venido directamente y a toda velocidad. Había detenido la furgoneta junto a
la acera, cruzando a pie la herrumbosa puerta, y ahora caminaba entre aquellas hierbas
crecidas.
¿Cuándo había sido la última visita? Hacía un mes por lo menos. Hubiera podido traer
algunas flores, pero hasta llegar a la verja no comprendió lo que estaba haciendo.
Apretó los labios al sentir de nuevo el persistente dolor. ¿Por qué Kathy no estaba
descansando también allí? ¿Cómo se había dejado dominar por aquellos estúpidos,
siguiendo sus reglas? Si por lo menos estuviese allí junto a su madre...
Tenso, se acercó a la cripta. La puerta de hierro estaba entornada. Oh, no se habrán
atrevido, pensó. Echó a correr entre las hierbas húmedas. Si la han tocado quemaré la
ciudad, anunció. Lo juro, quemaré la ciudad hasta sus cimientos.
Abrió bruscamente la puerta y el hierro golpeó con un sonido hueco y resonante la
pared de mármol. Echó una rápida ojeada a la losa y el ataúd.
Se tranquilizó, suspirando con alivio. Todavía seguía intacta. En seguida vio al hombre.
Estaba echado en un rincón de la cripta, con el cuerpo doblado sobre el suelo.
Furioso, Neville corrió hacia el cuerpo, y agarrándolo por la chaqueta, lo sacudió, lo
arrastró por el suelo y lo arrojó violentamente fuera de la cripta. El cuerpo rodó sobre sí
mismo, quedando de cara al cielo.
Neville volvió a la cripta, jadeante. Con los ojos cerrados, puso las manos sobre el
ataúd.
Estoy aquí, pensó. He vuelto. Recuérdame.
Tiró las flores que había traído en la última visita y sacó las hojas que el viento había
arrastrado hasta la cripta.
Luego se sentó junto al ataúd y apoyó la frente en el frío metal. Era como sentir la
caricia de las suaves manos del silencio.
Podría morirme ahora, pensó, así, dulcemente, sin llantos ni temblores. Si pudiese
estar con ella. Si tuviera la certeza de que estaré con ella.
Cerró lentamente las manos y dejó caer la cabeza.
Virginia. Llévame contigo.
Una lágrima cristalina se deslizó sobre sus manos inmóviles.
No sabía cuánto tiempo nabía transcurrido desde que llegó allí. Al fin, pensó, aun el
dolor más profundo se mitiga, la desesperación más intensa cede. La maldición del
verdugo: el preso se acostumbra a sus cadenas.
Se puso de pie. Todavía vivo, reflexionó; mi corazón late insensatamente; la sangre
corre por inercia; huesos y músculos funcionan sin motivo.
Echó una última mirada a la tapa del ataúd, y al fin se volvió con un suspiro y dejó la
cripta cerrando la puerta silenciosamente.
Había olvidado al hombre y casi tropezó con él. Se desvió murmurando una maldición y
se alejó del cuerpo.
De repente, se dio la vuelta con brusquedad.
¿Cómo podía ser? Miró, incrédulo, el cuerpo del hombre. Estaba muerto, realmente
muerto. El cambio había sido inmediato, parecía como si llevase varios días muerto.
Se sintió súbitamente excitado. Algo había matado al vampiro, algo brutalmente eficaz.
Ni estacas, ni ajos, y sin embargo...
De pronto lo comprendió. Claro, ¡la luz del día! ¡Durante cinco meses había visto que
no salían durante el día, pero no se le había ocurrido preguntarse el porqué! Cerró los
ojos asombrado de su propia estupidez.
Tenían que ser los rayos del sol; los rayos infrarrojos y ultravioletas. ¿Pero por qué?
Nada sabía sobre los efectos de la luz solar en el cuerpo humano.
Y, además, aquel hombre había sido realmente un vampiro, un cadáver viviente.
¿Tendría la luz el mismo efecto sobre los que todavía estaban vivos?
Por primera vez en meses se sentía excitado. Corrió a la furgoneta.
Cuando estuvo en el interior del vehículo pensó si no sería mejor llevarse el cadáver.
¿Quizás atraería a los otros, que podrían invadir la cripta? No, no se atreverían a
acercarse al ataúd; estaba sellado con ajo. Además, la sangre del hombre ahora estaba
muerta...
¡Seguro, los rayos del sol modificaban de algún modo la sangre de los vampiros!
¿Era posible, entonces, que todo guardara relación con la sangre? ¿El ajo, las cruces,
el espejo, la