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Stephen King
Ojos de Dragón
Esta
historia es para mi gran amigo Ben Straub, y para mi hija, Naomi King.
Antiguamente,
en un reino llamado Delain, hubo un rey que tenía dos hijos. Delain era un reino
inmemorial, en el cual había habido cientos de Reyes, miles tal vez; cuando ha pasado
demasiado tiempo ni siquiera los historiadores son capaces de recordarlo todo. Roland el
Bueno no era ni el mejor ni el peor de los reyes que rigieron aquellas tierras. Se
esforzaba firmemente en no ocasionar a nadie gran perjuicio y casi había conseguido su
propósito. También se preocupó con verdadero tesón por realizar obras importantes; sin
embargo, en esto no tuvo tanta suerte. Resultó ser un rey bastante mediocre; él mismo
dudaba de la posibilidad de ser recordado mucho tiempo después de su fallecimiento. Y,
ahora, la muerte podía aparecer en cualquier instante, porque era ya anciano y su
corazón se iba debilitando. Era probable que le quedara un año de vida, o quizá tres.
Cuantos le conocían, y quienes habían observado su rostro apagado y sus temblorosas
manos cuando presidía la corte, estaban de acuerdo en que antes de cinco años un nuevo
rey sería coronado en la gran plaza que se hallaba al pie de la Aguja... y sólo serían
cinco años si así lo disponía la gracia de Dios.
Por lo
tanto, en todo el reino, desde el barón más rico y el cortesano de vestiduras holgadas
hasta el más pobre siervo y su andrajosa mujer, pensaban y hacían cábalas sobre el
futuro rey Peter, hijo mayor de Roland.
Sólo un
hombre planeaba otra cosa y cavilaba acerca de ella: cómo asegurarse de que en su lugar
fuese coronado Thomas, el hijo menor de Roland. Este hombre era Flagg, el mago del rey.
A pesar
de que el rey Roland era viejo (reconocía tener setenta años pero era seguro que contaba
con muchos más) sus hijos aún eran jóvenes. Se le había tolerado contraer matrimonio a
una edad avanzada debido a que no había encontrado antes ninguna mujer capaz de
satisfacer sus gustos, y porque su madre, la gran Reina Viuda de Delain, parecía ser
inmortal para Roland y todos los demás, incluso para ella misma. Gobernó el reino
durante casi cincuenta años hasta que cierto día, a la hora del te, se metió en la boca
una rodaja de limón recién cortado para que le aliviase una molesta tos que padecía
desde hacía más de una semana. En aquella oportunidad, un malabarista representaba su
acto para diversión de la Reina Viuda y su séquito. Se dedicaba hábilmente a realizar
juegos malabares con cinco bolas de cristal. En el mismo instante en que la Reina se
introdujo la rodaja de limón en la boca, al malabarista se le escapó una de las
frágiles bolas, la cual se rompió con estrépito sobre el suelo de azulejos de la gran
Sala Este de Audiencias. El ruido sobresaltó a la Reina Viuda y la rodaja de limón se le
atoró en la garganta, causándole una rápida muerte por asfixia. Cuatro días después,
en la Plaza de la Aguja se llevó a cabo la coronación de Roland. El malabarista no tuvo
oportunidad de verla había sido decapitado tres días antes en el tajo de ejecuciones
situado detrás de la Aguja.
Un rey
sin herederos era algo que inquietaba a todos, especialmente si el soberano tenía
cincuenta años y se estaba quedando calvo. Así que era muy necesario que Roland se
casara lo más pronto posible y que produjera en breve un heredero. Flagg, su íntimo
consejero, le hizo ver claramente su situación. También le recalcó que a los cincuenta,
las perspectivas de engendrar una criatura en el vientre de una mujer se reducían sólo a
unos pocos años. Flagg le aconsejó que no pospusiese más su casamiento y que dejara de
esperar a la dama de noble linaje capaz de satisfacer sus caprichos. Si esa mujer todavía
no había aparecido en la vida de un hombre que ya rondaba la cincuentena, argumentó
Flagg, era probable que ya nunca lo hiciese.
Roland se
dio cuenta de la cordura de estas palabras y estuvo de acuerdo, sin saber que Flagg, con
su cabello lacio y su pálido rostro que casi siempre llevaba cubierto por una capucha,
conocía su más profundo secreto; él nunca había hallado a la dama de sus sueños
porque en realidad jamás había soñado con mujer alguna. Las mujeres le causaban
aprensión, y en ningún momento le atrajo el acto mediante el cual era posible producir
un bebé en el vientre de una fémina. Ese acto también le causaba aprensión.
Pero
había comprendido la sabiduría del consejo del mago, y seis meses después del funeral
de la Reina Viuda, en el reino se celebró un acontecimiento mucho más afortunado: el
casamiento del rey Roland con Sasha, quien se convertiría en la madre de Peter y Thomas.
En
Delain, Roland no era ni amado ni odiado. En cambio, Sasha era querida por todo el mundo.
Cuando murió, luego de dar a luz a su segundo hijo, el reino se hundió en un sombrío
luto durante un año y un día. Ella figuraba entre las seis mujeres que Flagg le sugirió
al Rey como posibles novias. Roland no conocía a ninguna de estas mujeres, cuyos linajes
y condiciones sociales eran similares. Todas poseían sangre noble, aunque ninguna sangre
real; todas eran sumisas, complacientes y calladas. Flagg no había sugerido candidatas
capaces de desplazarle de su posición de íntimo consejero real. Roland eligió a Sasha
porque le pareció la más callada y sumisa de las seis, y era, además, la que menor
aprensión le causaba. Así que contrajeron matrimonio. En aquel entonces, Sasha, que
procedía de la Baronía Occidental (una baronía muy pequeña por cierto) contaba
diecisiete años, era, pues, treinta y tres años más joven que su marido. Hasta la noche
de bodas nunca había visto a un hombre sin calzoncillos. Cuando llegada esa ocasión ella
pudo observar su fláccido pene, preguntó con gran interés:
Esposo,
¿qué es eso?
Si
hubiese agregado algo más, o lo hubiera dicho en un tono de voz ligeramente distinto, los
eventos de aquella noche, y los de este íntegro relato, podrían haber tomado otro curso;
Roland se habría escapado furtivamente, no obstante el brebaje especial que Flagg le hizo
tomar una vez finalizada la fiesta de bodas. Pero en ese momento Roland la vio tal cual
era, una muchacha muy joven que sabía incluso menos que él sobre el acto de hacer
bebés, observó que su boca era bondadosa y comenzó a amarla, como lo harían con el
tiempo todos los habitantes de Delain.
Es
el Hierro del Rey dijo él.
No
se parece mucho a un hierro observó Sasha, dudosa.
Es
que todavía no está forjado explicó Roland.
¡Ah!
¿Y dónde está la fragua?
Si
confías en mí repuso el Rey, acostándose con ella en el lecho, yo te la
enseñaré, puesto que, sin saberlo siquiera, la has traído contigo desde la Baronia
Occidental.
Los
habitantes de Delain la amaron, porque era gentil y bondadosa. Fue la reina Sasha quien
creó el Gran Hospital, quien lloró desconsolada ante la crueldad del deporte que se
llevaba a cabo en la Plaza, y que consistía en azuzar perros contra un oso. Con sus
lágrimas logró que el Rey Roland prohibiera su práctica; también había sido la reina
Sasha quien en el año de la gran sequía, en el cual hasta las hojas del Viejo Gran
Árbol se tornaron grises, abogó por una Remisión de los Impuestos al Rey. Es probable
que os preguntéis si Flagg no urdió alguna intriga en contra de ella. Debemos decir que
al principio no lo hizo. Debido a que él era un auténtico mago, y había vivido cientos
y cientos de años, en su opinión estas cosas eran relativamente insignificantes.
Incluso
permitió que la Remisión de Impuestos fuese aceptada ya que el año anterior la armada
de Delain había aplastado a los piratas de Anduan, los cuales asolaban la costa sureste
del reino hacía más de cien años. El cráneo del piratarey de Andua sonreía en
lo alto de una pica en las afueras del palacio, mientras el tesoro de Delain alcanzaba la
opulencia gracias al botín obtenido. En los asuntos más importantes asuntos de estado,
Flagg seguía siendo el consejero más cercano al rey Roland, y por este motivo, el mago
estuvo en un principio satisfecho.
A pesar
de que Roland llegó a amar a su esposa, nunca pudo habituarse a aquella actividad que la
mayoría de los hombres consideran placentera, ese acto que produce desde el más vulgar
de los aprendices de cocinero hasta el heredero del trono más encumbrado. Roland y Sasha
dormían en lechos separados, y él no la visitaba muy a menudo.
Sus
visitas no pasaban de cinco o seis al año, y en algunas de esas ocasiones ningún hierro
se forjaba en la fragua, a pesar de los cada vez más potentes brebajes de Flagg y de la
persistente dulzura de Sasha.
De
cualquier modo, cuatro años después de la boda. Peter fue engendrado en el lecho de la
reina. Y en aquella única noche, a Roland no le fue necesario el brebaje de Flagg, ese
líquido verde y espumoso que siempre le ocasionaba una extraña sensación en la cabeza,
como si se volviera loco. Aquel día había estado cazando en las Reservas con doce de sus
hombres. La caza era la actividad que siempre le había gustado más a Roland: el aroma
del bosque, el tonificante gustillo del aire los sonidos del cuerno de caza y la
sensación que le producía el arc cada vez que disparaba una certera flecha. En Delain se
conocían la armas de fuego pero su uso era poco frecuente, ya que se consideraba bajo y
despreciable cazar con un tubo de hierro.
Sasha se
encontraba leyendo en su lecho cuando Roland apareció con barbado y rubicundo rostro
encendido; ella apoyó el libro sobre el pecho y escuchó arrobada el relato, adornado por
sus gesticulantes manos. Poco antes de concluir, Roland se alejó unos pasos para
mostrarle cómo había estirado la cuerda del arco y dejado volar a Ensartadora de
Adversarios, la gran flecha de su padre, a través del estrecho y encerrado valle. Al
hacer esto, Sasha rió y aplaudió, con lo cual logró ganarse su corazón.
En las
Reservas del Rey ya no quedaba mucho por cazar. Por aquellos días era muy raro hallar
allí un ciervo de tamaño regular, y nadie había visto a un dragón desde tiempos
inmemoriales. La mayoría de los hombres se hubiesen reído ante la sugerencia de que
todavía podría existir en ese bosque doméstico tal criatura mitológica. Pero entonces,
una hora antes de que se pusiera el sol y cuando Roland y su grupo ya se disponían a
regresar, eso fue exactamente lo que encontraron...
O mejor
dicho, lo que les encontró a ellos.
El
dragón salió de entre la maleza con estrépito y a tropezones; sus escamas relucían con
un color verde cobrizo y echaba humo por las narices sucias de hollín. No se trataba de
un dragón pequeño, sino de un macho justo antes de mudar de piel por primera vez. La
mayoría de los hombres del séquito se quedaron estupefactos, incapaces siquiera de
disparar una flecha o de moverse.
El
dragón observó a la partida de caza y comenzó a batir sus alas, mientras sus ojos,
normalmente verdes, se tornaban amarillentos. No existía peligro alguno de que el dragón
se escapara volando, pues hacían falta otros cincuenta años y dos cambios más de piel
para que sus alas estuvieran lo bastante desarrolladas y le sostuviesen en el aire; pero
las membranas que las mantenían adheridas al cuerpo hasta la edad de diez o doce años
habían desaparecido, así que con un simple aleteo derribó de su montura al cazador que
guiaba la partida, arrancándole el cuerno de la mano.
Roland
fue el único que no se vio pasmado en una total inmovilidad, y a pesar de que era
demasiado modesto para decírselo a Sasha, los escasos movimientos que realizó a
continuación estuvieron impregnados de verdadero heroísmo, con el deleite de un
deportista por el golpe mortal. Si no hubiera sido por la pronta reacción de Roland, el
dragón habría asado vivos a casi todos los componentes del sorprendido grupo.
Hizo
retroceder a su caballo unos cinco pasos y ajustó una flecha en su gran arco. Estiró y
disparó. La saeta fue a dar directamente en la diana, el punto blando parecido a una
branquia que se encontraba debajo de la garganta del dragón y por donde penetraba el aire
para producir fuego. El monstruo se desplomó muerto con una última bocanada ardiente que
dejó en llamas todos los arbustos que se hallaban a su alrededor. Los escuderos se
apresuraron a apagarlas, unos con agua, otros con cerveza, la mayor parte de esa orina era
en realidad cerveza ya que cuando Roland salía de caza la llevaba consigo en gran
cantidad y no la escatimaba en absoluto.
El fuego
estuvo apagado en cinco minutos, el dragón fue destripado en quince. Cuando sus tripas se
hallaban ya sobre la tierra, aún era posible hacer hervir una tetera encima de las
humeantes ventanillas de su nariz. El goteante corazón de nueve cavidades fue llevado
ante Roland con gran ceremonia. Siguiendo la costumbre, se lo comió crudo y lo encontró
delicioso. Lo único que le causaba pesar era saber que probablemente jamás volvería a
tener otro.
Quizás
había sido el corazón del dragón lo que le puso tan vigoroso aquella noche. Tal vez
sólo se tratase del júbilo por la caza y por haber actuado rápida y serenamente
mientras todos los demás permanecían sentados, paralizados en sus monturas (a
excepción, por supuesto, del cazador guía, que se quedó paralizado sobre su espalda).
Cualquiera que fuese la razón, cuando Sasha aplaudió y exclamó, "Muy bien hecho,
mi bravo esposo, Roland se lanzó directo a su lecho. Sasha le recibió con los ojos
bien abiertos y una sonrisa que reflejaba su propio triunfo. Aquella noche fue la primera
y única vez que Roland gozó sobrio con el abrazo de su mujer. Nueve meses después, uno
por cada cavidad del corazón del dragón, Peter nació en aquel mismo lecho, y en el
reino hubo regocijo. El trono ya tenía un heredero.
Probablemente
vosotros pensáis, si es que por casualidad os habéis detenido a pensar sobre todo este
asunto, que, después del nacimiento de Peter, Roland debía dejar de beber el extraño
brebaje verde que le preparaba Flagg. No fue así. Aún lo tomaba de cuando en cuando. Lo
hacia porque amaba a Sasha y deseaba complacerla. En ciertos lugares la gente supone que
sólo los hombres disfrutan del sexo, y que la mujer se sentirá agradecida si la dejan en
paz. Los habitantes de Delain, sin embargo, no sostenían ideas tan peculiares. Daban por
sentado que una mujer gozaría normalmente con aquel acto que producía las criaturas más
agradables de la tierra. Roland se daba cuenta de que, en este aspecto, no atendía a su
esposa como ella se merecía, así que resolvió ser lo más atento posible, aunque
tuviera que tomar el brebaje de Flagg. Únicamente el mago sabía cuán esporádicas eran
las visitas del rey al lecho de la reina.
El día
de Año Nuevo, cuatro años después del nacimiento de Peter, una gran tempestad de nieve
cayó sobre Delain. Fue la más fuerte que se pudiera recordar, salvo una, acerca de la
cual les hablaré más adelante.
Siguiendo
un impulso que ni él mismo podía explicarse, Flagg preparó para el Rey una mezcla el
doble de poderosa. Por lo visto había algo en el viento que le impelía a hacerlo. Era
usual que Roland mostrase una mueca debido a su desagradable sabor y que incluso lo
apartara a un lado; pero la excitación debida a la tempestad había hecho que la fiesta
de Año Nuevo fuese especialmente disoluta, y Roland estaba demasiado bebido. Las llamas
del fogón le recordaron la explosiva exhalación del dragón al morir, y brindó muchas
veces por la cabeza, la cual se hallaba colgada de la pared. Así que se bebió toda la
poción verde de un solo trago, y una lujuria perversa se apoderó de él. De inmediato
abandonó el refectorio y fue a visitar a Sasha. Mientras trataba de hacerle el amor,
Roland la lastimó.
Por
favor, esposo exclamó sollozando.
Lo
siento masculló Roland. Uff...
Se quedó
profundamente dormido a su lado, y permaneció inconsciente durante las siguientes veinte
horas. Ella nunca olvidó el hedor de su aliento. Un olor parecido a carne putrefacta, un
olor a muerte. Sasha se preguntó qué habría estado comiendo... o bebiendo.
Roland
jamás volvió a probar el brebaje de su consejero; pero de todas formas, Flagg ya estaba
bien satisfecho. Al cabo de nueve meses, Sasha dio a luz a Thomas, su segundo hijo. Ella
murió durante el alumbramiento. Estas cosas suceden, por supuesto, y si bien todos se
entristecieron, nadie pareció realmente sorprendido. Creían estar enterados de lo que
había ocurrido. Pero las únicas personas del reino que verdaderamente conocían las
circunstancias de la muerte de Sasha eran Anna Crookbrows, la partera, y Flagg, el mago
del rey. Finalmente, la actitud entrometida de Sasha había acabado con la paciencia de
Flagg.
Cuando
falleció su madre, Peter tenía tan sólo cinco anos; pero la recordaba profundamente.
Guardaba de ella la imagen de una persona dulce, tierna, cariñosa, llena de compasión.
Pero era la suya una temprana edad, y la mayoría de sus recuerdos no aparecían demasiado
precisos. No obstante, conservaba en su memoria uno muy vívido, que consistía en un
reproche que ella le había hecho. Mucho después la memoria de aquel reproche se
convirtió para él en algo esencial. Tenía que ver con su servilleta.
El día
primero de cada quinto mes, se organizaba un festín en la corte para celebrar los
cultivos primaverales. Cuando cumplió los cinco años, a Peter le fue permitido asistir.
Según la costumbre, Roland debía sentarse a la cabecera de la mesa, el heredero del
trono a su lado derecho, la reina al otro extremo de la mesa. El resultado práctico de
esto sería que, durante la comida, Peter estaría fuera de su alcance, por lo que Sasha
le instruyó meticulosamente de antemano acerca de cómo comportarse. Deseaba que Peter
causara buena impresión y que fuese cortés. Además, ella sabía que durante la comida
él iba a tener que arreglárselas solo, debido a que su padre carecía por completo de
buenos modales.
Algunos
de vosotros quizás os preguntéis por qué recaía sobre Sasha la tarea de tener que
enseñar buenos modales a Peter. ¿Acaso el niño no tenía una institutriz? (Si, tenía
dos.) ¿Carecía el pequeño príncipe de sirvientes que estuvieran a su exclusivo
servicio? (Batallones de ellos.) El truco no consistía en lograr que estas personas se
ocuparan de Peter, sino en mantenerlas alejadas. Sasha deseaba criarlo por su cuenta, al
menos en todo lo que le fuera posible. Poseía ideas muy precisas respecto a cómo debía
ser educado su hijo. Le amaba profundamente y quería estar con él por sus propias
razones egoístas, pero también entendía que tenía una importante responsabilidad en lo
referente a la educación de Peter. Algún día el niño seria rey y, por encima de
cualquier otra cosa, Sasha deseaba que fuera bueno. Un buen niño, pensaba, será un buen
soberano.
Los
grandes banquetes celebrados en la Sala del Rey no eran acontecimientos muy elegantes, y
la mayoría de las nodrizas no se preocuparían demasiado por los modales del niño en la
mesa. ¡Para qué, si será rey! seguro que dirían, un poco afectadas por la idea
de tener que corregirle en asuntos tan triviales. ¿A quién te importará si derrama
la salsera? ¿A quién le importará si mancha su gorguera, o incluso si se limpia las
manos con ella? ¿Acaso en los viejos tiempos el rey Alan a veces no vomitaba en su plato
y luego le ordenaba al bufón de su corte que se acercara para "beber la rica sopa
caliente ¿Acaso el rey John no arrancaba de un mordisco la cabeza de las truchas
vivas y luego introducía sus movedizos cuerpos en los corpiños de las criadas?
¿Terminaría este banquete como sucedía en la mayoría de ellos, con los participantes
arrojándose la comida unos a otros a través de la mesa?
Indudablemente
esto sucedería; pero cuando las cosas degenerasen hasta llegar a la fase dedicada a
lanzar comida, haría rato que Peter y ella se habrían retirado. Lo que le preocupaba a
Sasha era esa actitud de a quién le importará. Ella pensaba que era el peor de
los conceptos que se le podía inculcar a un niño destinado a ser rey.
Así que
Sasha instruyó meticulosamente a Peter, y le observó con suma atención durante la noche
del banquete. Más tarde, cuando él yacía adormilado en su lecho fue la hablarle.
Como
Sasha era una buena madre, primero le felicitó cariñosamente por su comportamiento y sus
buenos modales; lo cual era cierto, ya que por lo general éstos habían sido ejemplares.
Pero Sasha sabía que nadie se tomaría la molestia de corregirle sus errores a no ser que
lo hiciese ella misma, y que no debía dejar de hacerlo ahora, en aquellos pocos años en
los cuales él la idolatraba. Así que cuando terminó de felicitarle, le dijo:
Has
cometido un error, Peter, y me gustaría que jamás volviera a repetirse.
Peter se
hallaba acostado en su lecho, mirándola seriamente con sus ojos de color azul oscuro.
¿Qué
he hecho, madre?
No
has usado tu servilleta le contestó. La dejaste doblada al lado de tu plato,
y eso fue algo que me apenó ver. Comiste el pollo asado con los dedos, y eso estuvo bien,
ya que así es como lo hacen los hombres. Pero cuando terminaste, vi que te limpiabas los
dedos en la camisa, lo cual no es correcto.
Pero
si padre... y el señor Flagg... y los demás nobles...
¡Despreocúpate
de Flagg y de todos los nobles de Delain! gritó Sasha con tanta fuerza que Peter se
encogió un poco en su cama, pues se sentía atemorizado y avergonzado por haberle hecho
aparecer a su madre aquellas rojeces en las mejillas.
Todo
lo que haga tu padre es correcto, puesto que él es el rey, y cuando tú lo seas, también
será correcto todo cuanto hagas. Pero Flagg no es el rey, no importa lo mucho que le
gustaría serlo, y los nobles no son reyes, y tú todavía no eres rey, sino sólo un
niño que se olvida de sus buenos modales.
Sasha vio
que estaba atemorizado, de modo que le sonrió poniendo la mano sobre su frente.
Tranquilízate,
Peter le dijo. No se trata de nada grave, sin embargo es importante, porque, a
su debido tiempo, tú serás el rey. Ahora corre y trae tu pizarra.
Pero
ya es la hora de dormir...
Despreocúpate
también de la hora de dormir. Eso puede esperar. Trae tu pizarra.
Peter
corrió en busca de lo que su madre le pedía.
Sasha
cogió la tiza sujeta a un lado y escribió con cuidado tres letras.
Peter,
¿puedes leer esta palabra?
Peter
asintió. Él sólo sabía leer unas cuantas palabras, si bien conocía casi todas las
Letras Mayores. Esta resultó ser una de esas palabras.
Ahí
dice DIOS.
Sí,
en efecto. Ahora escríbela al revés y mira a ver lo que descubres.
¿Al
revés? dijo Peter dudando.
Si,
por supuesto.
Peter
escribió en la pizarra con letras vacilantes, debajo de la exquisita caligrafía de su
madre. Se sorprendió al descubrir otra de las pocas palabras que era capaz de leer.
¡PERRO!
¡Mamá, dice perro[1]!
Así
es. Dice perro.
La
tristeza con que pronunció estas palabras hizo que Peter dominara en seguida su
excitación. Su madre señaló las palabras DIOS y PERRO.
Estas
son las dos naturalezas del hombre dijo. No las olvides jamás, porque algún
dia tú serás rey y los reyes crecen y se hacen altos e imponentes; tan altos e
imponentes como los dragones tras su noveno cambio de piel.
Padre
no es alto e imponente objetó Peter.
A decir
verdad, Roland era bajo y algo patizambo. También le colgaba una barriga debido a las
grandes cantidades de cerveza y de aguamiel que había consumido.
Sasha
sonrió.
Sin
embargo, lo es. ¡Los reyes crecen de forma invisible Peter, y ello sucede de una
sola vez, tan pronto como empuñan el cetro y reciben sobre su cabeza la corona en la
Plaza de la Aguja!
¿De
verdad?Los ojos de Peter se abrieron por completo.
Él
pensaba que se habían desviado del tema referente a su equivocación de no utilizar la
servilleta durante el banquete pero no le afligía ver que aquel asunto embarazoso era
dejado a un lado y lo sustituía uno tan interesante. Por otra parte, había decidido que
jamás se olvidaría de usar su servilleta; si
eso era importante para su madre, también lo era para él.
Claro
que si. Los reyes llegan a hacerse terriblemente grandes, y por esa razón deben ser
especialmente cuidadosos, ya que una persona grande puede aplastar con su pie a otra más
pequeña con sólo salir a dar un paseo, o al girarse, o al sentarse apresuradamente en el
lugar inadecuado. Los reyes malvados hacen estas cosas a menudo. Creo que incluso los
buenos no pueden evitar hacerlas de vez en vez.
Me
parece que no lo entiendo...
Entonces
escucha lo que te voy a decir. Sasha dio unas palmaditas en la pizarra.
Nuestros predicadores dicen que la naturaleza humana es parte de Dios y parte del Viejo
Splitfoot. ¿Sabes quién es el Viejo Splitfoot[2], Peter?
Es
el diablo.
Si.
Pero existen pocos diablos fuera de las historias inventadas, Peter; la mayoría de las
personas malas se parecen más a los perros que a los diablos. Los perros son amistosos
pero estúpidos, y ése es el comportamiento de muchos hombres y mujeres si están
borrachos. Cuando los perros se hallan excitados y desconcertados, pueden morder; cuando
los hombres se encuentran excitados y desconcertados, pueden pelear. Los perros son
excelentes mascotas porque son fieles, pero si un hombre se comporta como una mascota,
para mi es un hombre malo. Los perros pueden ser valientes, mas también son capaces de
ser cobardes, de aullar en la oscuridad o de huir del peligro con el rabo entre las
piernas. Un perro tiene tantos deseos de lamer la mano de un amo cruel como la de un amo
bondadoso, debido a que no saben diferenciar el bien del mal. Un perro puede comer
desperdicios, vomitar aquello que su estómago rechaza, y luego ir a buscar más.
Sasha
permaneció en silencio durante unos instantes, quizás imaginando lo que sucedía en ese
mismo momento en la sala de banquetes: hombres y mujeres borrachos riéndose
estrepitosamente, arrojándose comida unos a otros, y de tanto en tanto girándose para
vomitar en el suelo junto a sus sillas. Roland era igual que ellos, y en ciertas ocasiones
esto la ponia muy triste, pero no lo juzgaba ni lo censuraba por ello. Era su manera de
ser. Él podría prometerle reformarse para complacerla, y seguro que lo haría, pero
después de eso no seria el mismo hombre.
Peter,
¿eres capaz de comprender estas cosas?
Peter
asintió con la cabeza.
¡Magnifico!
Ahora dime Sasha se inclinó sobre él: ¿Acaso los perros usan servilleta?
Humillado
y avergonzado, Peter bajó la mirada hacia el cubrecamas y meneó la cabeza. La
conversación no se había desviado tanto como él creyó en un principio. Quizá debido a
que la velada había sido muy intensa y ahora se sentía muy cansado, las lágrimas
aparecieron en sus ojos y se derramaron sobre sus mejillas. Luchó contra los sollozos que
pugnaban por salir. Los encerró en su pecho. Sasha se dio cuenta de esto y se quedó
admirada.
Precioso
mío, no llores por una servilleta no empleada dijo, ya que ésa no era mi
intención. Sasha se levantó, dejando ver su abultado vientre de embarazada.
Por otra parte, tu comportamiento ha sido ejemplar. Cualquier madre del reino se sentiría
orgullosa de un hijo que se hubiese conducido sólo la mitad de bien, y mi corazón está
lleno de admiración por ti. Sólo te digo estas cosas porque soy la madre de un
príncipe. En ciertas ocasiones esto se torna difícil, pero no puede ser modificado, y a
decir verdad, si yo pudiera no lo cambiaría. Recuerda que algún día la vida de otros
dependerá de cada uno de tus actos; incluso puede que de los sueños que hayas tenido
mientras dormías. Quizá la vida ajena no dependa de que hayas usado o no la servilleta
después de comer pollo asado..., pero podría ocurrir. Podría ocurrir. A veces, la vida
depende de mucho menos. Lo único que te pido es que, en todo lo que hagas, trates de
utilizar el lado civilizado de tu naturaleza. El lado bueno, el lado de Dios. ¿Me
prometes que lo harás, Peter?
Lo
prometo.
Entonces
no hay por qué preocuparse. Sasha le besó suavemente. Por fortuna, yo soy
joven y tú también lo eres. Seguiremos hablando sobre estas cosas cuando adquieras mayor
comprensión.
Jamás
volvieron a hacerlo, pero Peter nunca se olvidó de la lección y siempre usó la
servilleta, aunque no lo hicieran quienes le rodeaban.
Entonces
Sasha murió.
Si bien
poco queda de su participación en esta historia, aún hay una última cosa que vosotros
deberíais saber de ella: Sasha tenía una casa de muñecas muy amplia y muy bonita, casi
un castillo en miniatura. Cuando se acercó el momento de su casamiento, juntó todo el
ánimo que pudo, pero estaba triste por tener que dejar todo y a todos en la gran casa de
la Baronia Occidental en la que se había criado; también se hallaba un poco nerviosa. Y
le dijo a su madre:
Nunca
antes estuve casada y no sé si me va a gustar.
Pero de
todas las cosas infantiles que tuvo que dejar, la que más añoraba era la casa de
muñecas que había tenido desde su niñez.
Roland,
que era un hombre bondadoso, descubrió esto por casualidad, y a pesar de que él también
se encontraba nervioso con respecto a su vida futura (después de todo, él tampoco jamás
se había casado), encontró el tiempo necesario para encargarle a Quentin Ellender, el
mejor artesano de toda la comarca, que construyese para su nueva esposa una nueva casa de
muñecas.
Quiero
que sea la más bonita que una joven dama haya tenido le dijo a Ellender.
Deseo que, al mirarla por primera vez, ella se olvide de su vieja casa de muñecas.
Como
todos vosotros sin duda ya habréis imaginado, si Roland hablaba en serio, aquello no era
más que un disparate. Jamás se olvida un juguete que de niños nos ha hecho sumamente
felices, incluso si ese juguete es remplazado por otro mucho más bonito. Sasha no olvidó
su vieja casa de muñecas, pero se quedó muy impresionada con la nueva. A nadie que no
fuese un completo idiota podía dejar de sucederle. Todos cuantos la vieron opinaron que
era el mejor trabajo de Quentin Ellender; y posiblemente lo fuera.
Se
trataba de una casa de campo en miniatura, muy parecida a la de la ondulada Baronía
Occidental en la cual había vivido con sus padres. ¡Todo en ella era pequeño, pero
construido de una forma tan diestra que uno podría jurar que todo funcionaba... y en
realidad lo hacían muchos de los objetos!
La
hornilla, por ejemplo, era capaz de calentar, e incluso se podían cocinar en ella
pequeñas cantidades de comida. Si se le ponía un trozo de carbón no más grande que una
cajita de cerillas, ardería durante el día entero... y si uno introducía su torpe dedo
de persona adulta en la cocina y por casualidad la tocaba cuando se hallaba encendida,
recibía una quemadura de cuidado. Allí no había ni grifos ni retretes con agua
corriente, ya que en el reino de Delain no conocían tales cosas (y siguen sin
conocerlas); pero si se era muy hábil, se podía extraer agua de una bomba manual no más
alta que nuestro dedo meñique. Había un cuarto de costura con una rueca que hilaba y un
telar que real mente tejía. Si se pulsaban las teclas con un palillo, la espineta de la
sala emitía los mismos sonidos que una verdadera. Las personas que vieron todo esto
dijeron que era un milagro, y que seguramente Flagg debía de estar relacionado con ella
de algún modo. Cuando esos comentarios llegaron a oídos del mago, él se limitó a
sonreír y permaneció callado. No tenía nada que ver con la casa de muñecas; a decir
verdad, lo consideraba una idea tonta, pero también sabia que no siempre era necesario ir
por ahí proclamando lo maravilloso que uno era para alcanzar la grandeza. A veces todo lo
que había que hacer era mostrarse prudente y mantener la boca cerrada.
La casa
de muñecas de Sasha tenía verdaderas alfombras de Kashamin, cortinas de genuino
terciopelo, vajilla de auténtica porcelana china; el gabinete refrigerado realmente
mantenía las cosas frías. El revestimiento del recibidor y de la sala principal era de
cálida madera de tamarindo. Todas las ventanas tenían cristales y un montante de varios
colores lucia sobre las amplias puertas de entrada.
En
conjunto era la casa de muñecas más deliciosa con la que un niño podía llegar a
soñar. Cuando fue presentada durante la fiesta de bodas, Sasha aplaudió con verdadero
deleite y dio las gracias a su esposo por el regalo. Más tarde se dirigió al taller de
Ellender y no sólo le expresó su gratitud, sino que le hizo una profunda reverencia, un
hecho casi sin precedentes, pues en aquellos tiempos las reinas no reverenciaban a un
simple artesano. Roland se sintió complacido y Ellender, cuya vista se había debilitado
notablemente en la consecución del proyecto, se conmovió en sumo grado.
Pero
aquella maravilla no hizo que se olvidase de la vieja y querida casa de muñecas que
había quedado en su hogar, en cierto modo ordinaria si se la comparaba con la nueva, pero
ante la cual no se pasó jugando tantas tardes lluviosas, reacomodando los muebles,
encendiendo la hornilla y observando el humo que salia de la chimenea, mientras imaginaba
que se estaba sirviendo un importante té social o que se iba a celebrar un gran banquete
en honor de la reina, como lo había hecho antaño, incluso siendo una mujercita de quince
y dieciséis años. Una de las razones era muy simple. No resultaba divertido organizar
una supuesta fiesta a la cual asistiría la reina cuando la reina era ella misma. Y
quizás esa sola razón explicaba todas las demás. Ahora ya era adulta y había
descubierto que serlo no tenía nada que ver con la idea que se había forjado siendo una
niña pequeña. En aquel entonces ella pensaba que cierto día simplemente tomaría la
decisión de dejar para siempre sus juguetes, sus pasatiempos y sus invenciones. Pero se
dio cuenta que nada de eso había sucedido. En su lugar, descubrió que el interés
simplemente se iba debilitando. Fue desapareciendo poco a poco, hasta que el polvo de los
años cubrió el brillo de los placeres de la infancia, y éstos fueron olvidados.
Peter, un
niño pequeño que algún dia sería rey, poseía docenas de juguetes; no, a decir verdad,
eran miles. Tenía cientos de soldados de plomo con los cuales organizaba grandes
batallas, y docenas de caballos de juego. Disponía de pasatiempos, pelotas, bochas y
canicas. Era dueño de unos zancos que le hacían medir más de un metro y medio. También
poseía un palo con resorte que le permitía brincar, y todo el papel para dibujar que
quisiera, en una época en que el papel era muy difícil de hacer y sólo la gente
adinerada podía permitirse el lujo de usarlo.
Pero de
todos los juguetes que había en el castillo, el que más le gustaba era la casa de
muñecas de su madre. Nunca conoció la que había en la Baronia Occidental, asi que para
él ésta era la mejor de las casas de muñecas. Se pasaba las horas muertas sentado
delante de ella mientras afuera llovía a cántaros, o el viento invernal aullaba en un
gélido pasaje cubierto de nieve. Cuando cayó enfermo con "tatuaje de niños"
(una enfermedad que nosotros llamamos varicela), uno de los criados se la llevaba en una
mesa especial que colocaba sobre su cama. Jugó con ella sin cesar hasta que se puso bien.
Le
gustaba imaginarse a las diminutas personas que podrían ocupar aquella vivienda; a veces
eran tan reales que casi podía verlas. Hablaba por ellas con diferentes voces e inventaba
todo el resto. Ellos eran la familia del rey. Estaba el rey Roger, que era valiente y
poderoso (si bien no muy alto y un poco patizambo), y que en cierta ocasión había matado
a un dragón. Estaba la hermosa reina Sarah, su esposa, y también había un niño
pequeño, llamado Petie, que 10s amaba y era amado por ellos. Sin contar, por supuesto,
con todos los criados que inventaba para que hicieran las camas, alimentaran el fuego,
trajeran el agua, hicieran las comidas y cosieran la ropa.
Quizá
por ser varón, algunas de las historias que ideaba para la casa fueron un poco más
sanguinarias que las que inventaba Sasha cuando era pequeña. En una de ellas, los piratas
de Anduan rodeaban a la casa, esperando entrar para matar a toda la familia. Hubo una
pelea famosa. Docenas de piratas fueron aniquilados, pero al final eran demasiados. Cuando
se preparaban para el ataque decisivo, llegó la Guardia Personal del Rey (aquí
intervenían los soldados de plomo de Peter) y acabó con todos esos brutales filibusteros
de Anduan. En otra historia, una nidada de dragones prorrumpió procedente de un bosque
cercano (por lo general el bosque cercano estaba debajo del sofá de Sasha situado cerca
de la ventana), con la intención de quemar la casa con su furibundo hálito. Pero Roger y
Petie se apresuraron en empuñar sus arcos y mataron a todos. Hasta que la tierra
quedó negra debido a su repulsiva sangre corrompida. Aquella noche durante la cena,
Peter le dijo esto a su padre el rey, cosa que Roland aprobó con estrépito.
Tras la
muerte de Sasha, Flagg le dijo a Roland que a él no le parecía bien que un niño jugara
con una casa de muñecas. No por ello se convertiría en un afeminado, insinuó Flagg,
pero podría ocurrir. Ciertamente, no seria positivo que el cuento llegara a oídos del
populacho. Y las historias de esa clase siempre llegaban. El castillo estaba repleto de
criados. Los criados lo veian todo, y luego se iban de la lengua.
Sólo
tiene seis años replicó Roland molesto.
Flagg,
con sus conjuros y su pálido y severo rostro escondido bajo la capucha, siempre le hacia
inquietarse.
Majestad,
tiene la edad suficiente para comenzar a disciplinar a un niño de acuerdo con sus
funciones futuras dijo Flagg. Pensad bien en ello. Vuestra decisión será,
como siempre, la más adecuada.
Pensad
bien en ello, había dicho Flagg, y eso fue exactamente lo que hizo el rey Roland.
Creo que es justo decir que, durante los veintitantos años que reinó en Delain, nunca
tuvo que pensar con tanta intensidad.
Probablemente,
esto a vosotros os parecerá extraño, si es que habéis meditado acerca de todas las
obligaciones que tiene un rey: asuntos de importancia como poner impuestos sobre unas
cosas y quitarlos de otras; declarar o no la guerra; perdonar o condenar. Vosotros os
preguntaréis, ¿qué tenía que ver con todas estas decisiones permitir o no a un niño
pequeño jugar con una casa de muñecas?
Quizá
nada, quizá mucho. Dejaré que vosotros mismos saquéis una conclusión. Yo os contaré
que Roland no era el más inteligente de los reyes que habían gobernado en Delain. Pensar
correctamente siempre significaba para él un duro esfuerzo. Le daba la impresión de que
por su cabeza rodaban grandes piedras. Sus ojos lagrimeaban y sus sienes palpitaban.
Cuando pensaba profundamente, la nariz se le obstruía.
De niño,
sus estudios de composición, matemáticas e historia, le daban tal dolor de cabeza que se
le permitía finalizar a las doce para que se dedicara a lo que quisiera, que era cazar.
Se esforzó muy duramente por ser un buen rey, pero tenía la sensación de que nunca
seria lo bastante bueno, o lo bastante inteligente, como para resolver los problemas del
reino o para tomar las decisiones correctas, y sabia que si se equivocaba, el pueblo iba a
sufrir por su culpa. Si él hubiese escuchado lo que Sasha le dijo a Peter, después del
banquete, acerca de los reyes, sin duda estaría completamente de acuerdo. Los monarcas
realmente eran más grandes que las demás personas y, en muchísimas ocasiones, Roland
deseaba ser más pequeño. Si alguna vez en vuestra vida os habéis preguntado seriamente
si seríais lo bastante buenos como para lograr cierto objetivo, entonces podéis saber
cómo se sentía Lo que tal vez no sepáis es que después de un tiempo, tales temores
comienzan a alimentarse a si mismos. Incluso si ese sentimiento de que no sois buenos para
realizar determinado trabajo no es verdadero desde un principio, con el tiempo se hará
realidad. Esto le sucedió a Roland, y con el paso de los años cada vez fue dependiendo
más y más de Flagg. En ocasiones se sentía preocupado por la idea de que, salvo por el
nombre, Flagg era rey en todo, pero estos temores sólo aparecían bien entrada la noche.
Durante el día agradecía contar con el apoyo de Flagg.
Si no
fuera por Sasha, Roland podría haber sido mucho peor rey de lo que era, y eso se debía a
que durante las noches en las que le costaba dormirse a veces escuchaba esa tenue voz que
se acercaba mucho más a la verdad que sus agradecimientos diurnos. Flagg era el que
realmente gobernaba en el reino, y Flagg era un hombre muy malvado. Por desgracia, más
adelante tendremos que hablar de él, pero por ahora dejaremos que se vaya, y en buena
hora nos libremos.
Sasha
había logrado disminuir un poco el poder que Flagg ejercía sobre Roland. Sus consejos
eran prácticos y acertados, y se comportaba con mucha mayor bondad y justicia que el
mago, el cual nunca le cayó bien. Pocos en Delain lo apreciaban, y la mayoría temblaba
sólo al oír su nombre; pero su antipatía era muy leve. Sus sentimientos hubiesen sido
completamente diferentes si hubiera sabido con qué cuidado Flagg la vigilaba, y con qué
creciente resentimiento la odiaba.
Una vez
Flagg realmente intentó envenenar a Sasha. Esto sucedió después de que ella le había
pedido a Roland que perdonara a un par de soldados desertores a los cuales Flagg quería
que se decapitara en la Plaza de la Aguja. E1 había argumentado que los desertores eran
un mal ejemplo. Si se permitía que uno o dos de ellos se quedaran sin el máximo castigo,
lo más probable sería que otros trataran de imitarles. El único modo de disuadirlos,
decía Flagg, era mostrándoles las cabezas de quienes lo habían intentado. Los posibles
desertores observarían esas cabezas cubiertas con manchas de moscas y con la mirada fija
y pensarían dos veces sobre la seriedad de su servicio al rey.
Sin
embargo, Sasha se enteró de los hechos a través de una de sus doncellas que Roland no
conocía. La madre del muchacho mayor había caído gravemente enferma. La familia estaba
compuesta por tres hermanos y dos hermanas, todos de corta edad. Si el chico no hubiese
abandonado el campamento, con el fin de llegar a su hogar y cortar leña para su madre,
todos ellos se habrían muerto a causa del intenso frío del invierno de Delain. El mozo
más joven había ido porque era el mejor amigo del mayor, y hermano por juramento. Sin su
ayuda, habría tardado dos semanas en cortar leña suficiente para que su familia pudiese
pasar el invierno. Entre ambos y a toda marcha, el trabajo sólo duró seis días.
Visto
así el caso se presentaba de una manera diferente. Roland había amado mucho a su madre,
y gustosamente hubiese dado su vida por ella. Así que hizo ciertas averiguaciones y
descubrió que la versión de Sasha era correcta. También descubrió que los desertores
sólo se habían escapado luego de que un cruel sargento mayor se negara repetidas veces a
transmitir a sus superiores su petición de licencia, y que tan pronto cortaron cuatro
grandes haces de leña, regresaron al campamento, a pesar de que ambos sabían que les
esperaba un juicio marcial y el hacha del verdugo.
Roland
los perdonó. Flagg inclinó la cabeza, sonrió, y dijo tan sólo:
Majestad,
vuestra voluntad es la voluntad de Delain.
Ni por
todo el oro de los Cuatro Reinos hubiera permitido que Roland viese la terrible furia que
sintió crecer en su corazón cuando sus propósitos fueron frustrados. El perdón
concedido por Roland a los muchachos fue gratamente acogido en Delain, ya que muchos de
sus súbditos conocían la verdad de los hechos y quienes la ignoraban se enteraron
rápidamente a través de los demás. El sabio y compasivo perdón de Roland a los dos
muchachos fue recordado cuando se impusieron otros decretos menos humanos (los cuales, por
regla general, eran ideas del mago). Pero todo esto a Flagg no le importaba. E1 quería
haberlos visto muertos, y Sasha se había interferido. ¿Por qué Roland no se podría
haber casado con otra? Jamás había conocido a ninguna de ellas, y no se interesaba para
nada por las mujeres. ¿Por qué no otra?
Bien, ya
no tenía importancia. Flagg se sonrió ante el perdón, pero juró firmemente en su
corazón que él asistiría a los funerales de Sasha.
Esa misma
noche, después de que Roland hubiera firmado el perdón, Flagg se dirigió a su tenebroso
laboratorio situado en el sótano. allí se puso un pesado guante y cogió de una jaula
una tarántula a la que conservaba desde hacia veinte anos alimentándola con ratones
recién nacidos. Cada uno de estos ratones era previamente envenenado y se los daba a la
araña moribundos; Flagg recurría a este método para incrementar la potencia del veneno
de la propia araña, el cual ya de por si era terriblemente potente. La araña era tan
grande como una rata y de color rojo sangre. Su abultado cuerpo se retorcía con maldad;
el veneno goteaba de su aguijón y hacia humeantes agujeros en la mesa de trabajo de
Flagg.
Ahora
muere, mi preciosa, y acaba con la reina susurró Flagg, estrujando mortalmente a la
araña en su guante, hecho de una malla de acero mágico que resistía el veneno. A pesar
de ello, al irse a dormir aquella noche, la mano le palpitaba y la tenía roja e hinchada.
El veneno
del estrujado y deshecho cuerpo de la araña fue echado en una copa. Flagg vertió coñac
sobre el mortífero liquido y luego lo revolvió. Cuando sacó la cuchara de la copa, su
pala se hallaba torcida y deformada. Con sólo beber un sorbo, la reina caería agonizante
en el suelo. Su muerte iba a ser rápida pero muy dolorosa, pensó Flagg con
satisfacción.
Sasha
había tomado la costumbre de beber todas las noches un vaso de coñac, debido a que
frecuentemente tenía problemas para dormirse.
Flagg
llamó a un sirviente para que viniera y le llevase la bebida.
Sasha
nunca supo lo cerca que estuvo de la muerte en aquella ocasión.
Momentos
después de haber elaborado el mortal brebaje, antes de que el sirviente hubiese llamado a
la puerta, Flagg lo derramó en el sumidero que había en el centro de la habitación y se
quedó escuchando el siseo y borbolleo mientras desaparecía por la tubería. Su rostro
estaba contraído por el odio. Cuando acabó el murmullo, Flagg arrojó la copa de cristal
con todas sus fuerzas en el rincón más lejano. Estalló como si fuera una bomba.
El
sirviente llamó a la puerta y fue recibido.
Flagg
señaló hacia donde brillaban los fragmentos.
He
roto una copa dijo. Limpialo. Usa una escoba, idiota. Si llegas a tocar los
pedazos, lo lamentarás.
Flagg
había derramado el veneno en el sumidero en el último momento porque pensó que podía
ser descubierto. Si Roland hubiese amado un poco menos a la joven reina, habría corrido
el riesgo. Pero Flagg temía que Roland, herido por la muerte de su esposa, buscara
vengarse, y no descansaría hasta encontrar al asesino y ver su cabeza empalada en la
punta de la Aguja. Seria el único crimen que querría ver vengado, y no le importaría
quién lo hubiera cometido. ¿ Pero acaso seria capaz de encontrar al asesino?
Flagg
pensó que si.
Después
de todo, la caza era lo que mejor se le daba a Roland.
Así que
Sasha se salvó, en esa oportunidad, gracias al temor de Flagg y al amor de su esposo. Y
entretanto, el mago continuaba asesorando al rey en casi todos los asuntos.
De
cualquier modo, en lo referente a la casa de muñecas, podemos decir que Sasha salió
vencedora, aun cuando para entonces Flagg ya había conseguido quitársela de encima.
No mucho
después de que Flagg hiciera sus despectivos comentarios sobre las casas de muñecas y
los afeminados reales, Roland se deslizó sin ser visto en el cuarto mañanero de la reina
muerta y observó jugar a su hijo. Se quedó muy quieto al otro lado de la puerta, con la
frente muy arrugada. Estaba pensando con mucha mayor intensidad de lo acostumbrado, y eso
significaba que las piedras le rodaban por la cabeza y que tenía la nariz congestionada.
Pudo ver
que Peter utilizaba la casa de muñecas para contarse historias, para hacerlas veraces, y
no había en ellas nada que pudiera llamarse afeminado. Eran historias sangrientas y
amenazantes, con ejércitos y dragones. En otras palabras, eran historias al gusto del
rey. Roland descubrió en él un nostálgico deseo de unirse a su hijo, ayudarle a idear
aventuras aún mejores, en las cuales aparecieran la casa de muñecas, su fascinante
contenido y su familia inventada. Sobre todo, se dio cuenta de que Peter utilizaba la casa
de muñecas de Sasha para mantener a su madre viva en su corazón. Roland no dudó en dar
su aprobación a esto, ya que él mismo añoraba a su esposa con dolor. A veces se sentía
tan solo que casi lloraba. Los reyes, desde luego, no lloran..., y si, en una o dos
ocasiones después de la muerte de Sasha, él se despertaba con la funda de su almohada
empapada, ¿qué había con eso?
El rey
abandonó la habitación con tanto sigilo como había llegado. Peter no lo vio en ningún
momento. Roland pasó en vela casi toda la noche, meditando seriamente sobre lo que había
visto, y pese a que para él era difícil soportar la desaprobación de Flagg, lo vio a la
mañana siguiente en el transcurso de una audiencia privada, antes de que su decisión se
debilitara, y le comunicó que luego de haber pensado mucho sobre el asunto había
decidido que a Peter debía permitírsele jugar con la casa de muñecas todo lo que
quisiera. Dijo que a él le parecía que aquello no le hacia ningún mal al niño.
Una vez
expresado esto, se acomodó inquieto esperando la refutación de Flagg. Pero nada de eso
ocurrió. El consejero se limitó a alzar las cejas, lo que apenas pudo ver Roland dentro
de las sombras de la capucha que siempre tenía puesta.
Majestad
dijo, vuestra voluntad es la voluntad del reino.
Por el
tono de su voz, Roland podía darse cuenta de que a Flagg su decisión le parecía
incorrecta; pero también le decía que el mago no iba a discutirla. Se sintió
profundamente aliviado por haberse impuesto con tanta facilidad. Cuando unas horas más
tarde, Flagg le sugirió que los campesinos de la Baronía Oriental podían pagar
impuestos más elevados a pesar de que la sequía del año anterior les había destruido
casi toda la cosecha, Roland asintió con vehemencia.
En
verdad, que el viejo tonto (Flagg pensaba que asi Roland estaría absorto en sus
pensamientos) fuera en contra de sus deseos en el asunto de la casa de muñecas era
secundario para el mago. Lo importante era el alza de los impuestos en la Baronía
Oriental. Además, Flagg poseía un profundo secreto, el cual le ocasionaba gran placer.
Después de todo, finalmente había conseguido asesinar a Sasha.
En
aquellos días, cuando la reina o una mujer de estirpe real se hallaban a punto de dar a
luz, se hacia llamar a una comadrona. Los doctores eran todos hombres, y no se permitía
que ningún hombre estuviera presente durante el parto. La comadrona que había ayudado a
nacer a Peter se llamaba Anna Crookbrows, del Tercer Callejón Sur. Cuando le tocó nacer
a Thomas, fue llamada de nuevo. Para el tiempo del segundo parto de Sasha, Anna ya había
pasado los cincuenta y era viuda. Tenía un hijo que a los veinte años contrajo el
"mal del temblor", una enfermedad que siempre acababa con sus victimas en medio
de terribles dolores y luego de varios años de sufrimiento.
Ella
amaba mucho a aquel hijo, y cuando ya no quedó ninguna esperanza para curarle, se
dirigió a Flagg. Esto había sucedido diez años antes, ninguno de los dos príncipes
vivía aún y Roland era un soltero real. El mago la recibió en sus húmedas habitaciones
del sótano, cercanas a las mazmorras. Durante su entrevista, la intranquila mujer podía
oír de tanto en tanto los gritos aislados de aquellos que no veían la luz del sol desde
hacía años y años. Y con un estremecimiento pensó que si las mazmorras se encontraban
cerca, también lo debían de estar las cámaras de tortura. La estancia de Flagg no la
tranquilizaba lo más mínimo. En el suelo había extraños dibujos hechos con tizas de
todos colores. Al parpadear, le pareció que los diseños se modificaban. De un largo y
negro grillete colgaba una jaula con un loro bicéfalo que graznaba y a veces se hablaba a
si mismo, una cabeza decía algo y la otra le respondía. Un montón de libros gastados la
miraban ceñudamente desde las estanterías. Las arañas hilaban sus telas por los oscuros
rincones. Del laboratorio provenía un extraño olor de mezclas químicas. Con todo, la
mujer contó su historia entre tartamudeos y luego esperó en un angustioso silencio.
Yo
puedo curar a tu hijo afirmó Flagg finalmente.
El feo
rostro de Anna Crookbrows se transformó en algo casi bello debido a su alegría.
¡Mi
señor! exclamó sin aliento, y como no se le ocurrió otra cosa, volvió a
decir ¡Oh, mi señor!
Pero
entre las sombras de su capucha, el pálido rostro de Flagg permaneció distante y
meditativo, por lo cual ella volvió a sentir temor.
¿Qué
eres capaz de dar a cambio por este milagro? le preguntó.
Cualquier
cosa repuso ella, y hablaba en serio ¡ Oh mi señor Flagg, cualquier cosa!
Te
pediré a cambio un solo favor dijo Flagg ¿Estarás dispuesta a dármelo?
¡Gustosamente!
Aún no sé de qué se trata, pero cuando llegue el momento, lo haré.
Ella se
había arrodillado delante del mago, y él se inclinó sobre ella.
La
capucha se le cayó hacia atrás, descubriendo un rostro en efecto terrible. Era el rostro
descolorido de un cadáver, con agujeros negros en lugar de ojos.
Mujer,
y si te niegas a mi petición...
¡No
me negaré! ¡Oh mi señor, no me negaré! ¡No me negaré! ¡Lo juro por el nombre de mi
querido esposo!
Entonces
no te preocupes. Trae a tu hijo mañana por la noche, después de que haya oscurecido.
A la
noche siguiente, la mujer llevó al pobre muchacho, que temblaba y se estremecía; su
cabeza giraba sin sentido, al igual que sus ojos. Sobre su mentón tenía una capa de
baba. Flagg le acercó un frasco con una poción oscura, de color morado.
Dale
a beber esto le dijo. Le producirá ampollas en la boca, pero cuida de que
tome hasta la última gota. Luego, llévate al tonto de mi vista.
La mujer
le murmuró algo al muchacho. Cuando trató de inclinar la cabeza, sus convulsiones se
recrudecieron durante unos instantes.
Al acabar
de beberse todo el brebaje, se dobló en dos, chillando.
Llévatelo
de aquí ordenó Flagg.
¡Si,
llévatelo de aquí! gritó una de las cabezas del loro.
¡Llévatelo,
aquí no está permitido chillar! vociferó la otra cabeza.
La mujer
se lo llevó a casa, segura de que Flagg lo había envenenado. Pero al otro día, el mal
del temblor ya no habitaba en el cuerpo de su hijo y éste se hallaba curado.
Pasaron
los años. Cuando Sasha comenzó a tener los primeros dolores del parto de Thomas, Flagg
llamó a la mujer y le susurró al oído. Estaban en las profundas habitaciones del mago,
pero así y todo era preferible que aquella espantosa orden fuese muy queda.
El rostro
de Anna Crookbrows se tornó cadavérico, pero recordó las palabras de Flagg: si te
niegas...
¿Acaso
el rey no iba a tener dos hijos? Ella tenía sólo uno. Y si el monarca quería volver a
casarse y tener aún más, que lo hiciera. Delain contaba con numerosas mujeres.
Así que
se dirigió a ver a Sasha, le dio ánimos y, en el momento decisivo, un pequeño cuchillo
relució en su mano. Nadie se dio cuenta del diminuto corte que ella le hizo. Unos
instantes después, Anna gritaba:
¡Empuje,
mi reina! ¡Empuje, que el bebé ya sale!
Sasha
empujó. Thomas salió de ella tan suavemente como un niño deslizándose por un tobogán.
Pero la sangre de Sasha manó a chorros sobre la sábana. Diez minutos después de que
hubiera nacido Thomas, su madre estaba muerta.
Y así
Flagg ya no se interesó más por el trivial asunto de la casa de muñecas. Lo que ahora
importaba era que Roland estaba envejeciendo, que ninguna reina entrometida se iba a
interponer en su camino, y que había dos hijos entre los cuales optar. Peter era, por
supuesto, el mayor, lo cual en realidad no tenía mucha importancia. Si con el tiempo
Peter resultaba inadecuado para los planes de Flagg, siempre se le podía quitar de en
medio. Peter era sólo un niño, incapaz de defenderse a si mismo.
Ya os he
contado que durante todo su reinado, Roland nunca tuvo que pensar tan intensamente sobre
algo como lo hizo acerca de aquella cuestión: si debía o no permitirle a Peter jugar con
la casa de muñecas de Sasha, magníficamente acabada por el gran Ellender. Os dije que el
resultado de todo aquel cavilar fue una decisión que contradijo los deseos de Flagg.
También os dije que Flagg le otorgó a eso muy poca importancia. ¿Fue así? Esto es algo
que vosotros deberéis resolver por vuestra cuenta, una vez que me hayáis escuchado hasta
el final.
Ahora
dejad que, en un abrir y cerrar de ojos, pasen de largo muchos años, pues una de las
mejores cosas que tienen los cuentos es lo rápido que puede transcurrir el tiempo sin que
nada notable esté sucediendo. En la vida real nunca es de ese modo, y probablemente sea
un buen síntoma. El tiempo sólo pasa veloz en las historias, ¿y qué es una historia
sino una especie de gran cuento en el que los siglos fugaces son sustituidos por años
fugaces?
Durante
esos años, Flagg vigiló con atención a ambos niños; les observó crecer sin que el
envejecido rey lo notara, calculando cuál seria rey una vez que Roland dejara de serlo.
No tardó demasiado en decidir que debía ser Thomas, el más pequeño. Cuando Peter
cumplió los siete años, Flagg ya sabía que el niño no le gustaba. Al llegar a los
nueve, el mago hizo un extraño y desagradable descubrimiento: también le temía al
niño.
Peter
había crecido vigoroso, bien parecido y honesto. Su cabello era negro y el color de sus
ojos azul oscuro, tono corriente entre los nativos de la Baronía Occidental. En algunas
ocasiones, cuando Peter alzaba la vista de improviso, su cabeza se erguía de una manera
que hacia recordar a Roland. Por otra parte, su aspecto y su manera de ser revelaban casi
por completo que era hijo de Sasha. A diferencia de la baja estatura de su padre, quien
tenía un caminar patizambo y se movía torpemente, pues sólo resultaba agraciado cuando
montaba a caballo, Peter era alto y ágil. Le agradaba cazar y lo hacía muy bien, pero
eso no era todo en su vida. También le agradaban sus lecciones; geografía e historia
eran las materias preferidas.
Por lo
general, a su padre los chistes lo desconcertaban y le hacían perder la paciencia; había
que explicarle todos los detalles, lo cual les quitaba toda la gracia. A Roland lo que le
gustaba era cuando los bufones fingían resbalar al pisar una monda de plátano, cuando se
daban cabezadas, o cuando armaban una batalla de pasteles en la Gran Sala.
La idea
que tenía Roland de la diversión se limitaba a estas cosas. El ingenio de Peter era
mucho más agudo y sutil, como lo había sido el de Sasha, y con frecuencia su risa alegre
y juvenil resonaba por el palacio, haciendo que los criados se sonrieran unos a otros con
aprobación.
Mientras
muchos niños en la misma posición hubieran tenido demasiado presente su jerarquía en la
escala de valores y no accederían a jugar con otros que no fueran de su linaje, Peter se
hizo íntimo amigo de uno llamado Ben Staad cuando ambos contaban ocho años. La familia
de Ben no pertenecía a la realeza, y a pesar de que Andrew Staad, el padre de Ben,
sostenía tener por parte materna un lejano vínculo con la alcurnia del reino, tampoco
podía decirse que pertenecieran a la nobleza. Hacendado era probablemente el término
más gentil que se le podía aplicar a Andy Staad, e hijo de hacendado a Ben. Aun así, la
antiguamente próspera familia Staad estaba pasando por tiempos difíciles, y si bien un
príncipe podría haber elegido amistades más peculiares, lo cierto es que tampoco
tendría demasiadas oportunidades.
Se
conocieron en la anual Fiesta del Prado de los Granjeros, festejo ritual de cada año que
los reyes y las reinas, en el mejor de los casos, consideraban tedioso: su presencia sólo
era simbólica, limitándose al tradicional brindis, para luego marcharse no sin antes
invitar a los granjeros a divertirse y darles las gracias por otro fructífero año, lo
cual también formaba parte del ritual, a pesar de que las cosechas fuesen pobres. Si
Roland hubiese sido de esa clase de rey, Peter y Ben nunca habrían tenido la oportunidad
de conocerse. Pero, como quizá ya habréis imaginado, a Roland le encantaba la Fiesta del
Prado de los Granjeros, asistía a ella cada año y por lo general se quedaba hasta el
final; más de una vez se lo llevaron borracho y roncando ruidosamente.
Dio la
casualidad de que Peter y Ben formaron pareja en la carrera de sacos de tres pies, y la
ganaron..., si bien concluyó de un modo mucho más reñido de lo que parecía al
principio. Llevaban una ventaja de casi seis cuerpos, cuando dieron un tumbo y Peter se
hirió en el brazo.
¡Lo
siento, mi príncipe! exclamó Ben, que había palidecido, y quizá ya se imaginaba
en las mazmorras (yo puedo decirles que sus padres, que observaban ansiosamente desde las
líneas laterales, lo pensaban; si no fuera por la mala suerte, Andy Staad era aficionado
a las quejas, los Staad carecerían de toda suerte; aunque es probable que sólo estuviera
apenado por la herida que él suponia haber causado, o sorprendido al ver que la sangre
del futuro rey era tan roja como la suya.
No
digas tonterías respondió Peter con impaciencia. Ha sido culpa mía, no
tuya. He sido torpe. Vamos, date prisa y levántate. Nos están alcanzando.
Los dos muchachos, convertidos en una singular y desmañada bestia de tres pies debido al saco dentro del cual la pierna derecha de Peter y la izquierda de Ben habían sido firmemente atadas, lograron incorporarse y continuaron la carrera. Sin emb